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Some Quotations from El juguete rabioso (1926)

 

87: Capítulo I: Los ladrones

 

87: Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.

 

88: me iniciaba con amarguras de fracasado en el conocimiento de los bandidos más famosos en las tierras de España, o me hacía la apología de un parroquiano rumboso a quien lustraba el calzado y que le favorecía con veinte centavos de propina. [… P]or algunos cinco centavos de interés me alquilaba sus libracos adquiridos en largas suscripciones.

 

93: Acariciando mi pequeño monstruo, yo pensaba:

       —Este cañón puede matar, este cañón puede destruir —y la convicción de haber creado un peligro obediente y mortal me enajenaba de alegría.

 

98: Entrábamos violentamente; ávidos de botín recorríamos las habitaciones tasando de rápidas miradas la calidad de lo robable.

       Si había instalación de luz eléctrica, arrancábamos los cables, portalámparas y timbres, las lámparas y los conmutadores, las arañas, las tulipas y las pilas; del cuarto de baño, por ser niqueladas, las canillas y las de la pileta por ser de bronce, y no nos llevábamos puertas o ventanas para no convertirnos en mozos de cordel.

 

99: Si entrábamos en un café y en una mesa había un cubierto olvidado o una azucarera y el camarero se distraía, hurtábamos ambas […]. No perdonábamos taza ni plato, cuchillos ni bolas de billar, y bien claro recuerdo que una noche de lluvia, en un café muy concurrido, Enrique se llevó bonitamente un gabán y otra noche yo un bastón con puño de oro.

 

102: el «Club de los Caballeros de la Media Noche»

 

105: Así vivíamos días de sin par emoción, gozando el dinero de los latrocinios, aquel dinero que tenía para nosotros un valor especial y hasta parecía hablarnos con expresivo lenguaje.

       Los billetes de banco parecían más significativos con sus imágenes coloreadas, las monedas de níquel tintineaban alegremente en las manos que jugaban con ellas juegos malabares. Sí, el dinero adquirido a fuerza de trapacerías se nos fingía mucho más valioso y sutil, impresionaba en una representación de valor máximo, parecía que susurraba en las orejas un elogio sonriente y una picardía incitante. No era el dinero vil y odioso que se abomina porque hay que ganarlo con trabajos penosos, sino dinero agilísimo, una esfera de plata con dos piernas de gnomo y barba de enano, un dinero truhanesco y bailarín cuyo aroma como el vino generoso arrastraba a divinas francachelas.

 

108: El agua caía oblicuamente, y entre dos hileras de árboles el viento la ondulaba en un cortinado gris.

       Mirando el verdor de los ramojos y follajes iluminados por la caridad de plata de los arcos voltaicos, sentí, tuve una visión en parques estremecidos en una noche de verano, por el rumor de las fiestas plebeyas y de los cohetes rojos reventando en lo azul. Esa evocación inconsciente me entristeció.

       De aquella última noche azarosa conservo lúcida memoria.

       Los músicos desgarraron una pieza que en la pizarra tenía el nombre de «Kiss-me».

       En el ambiente vulgar, la melodía onduló en ritmo trágico y lejano. Diría que era la voz de un coro de emigrantes pobres en la sentina de un transatlántico mientras el sol se hundía en las pesadas aguas verdes.

 

110: Jubilosos de abochornar el peligro a bofetadas de coraje, hubiéramos querido secundarlo con la claridad de una fanfarria y la estrepitosa alegría de un pandero, despertar a los hombres, para demostrar qué regocijo nos engrandece las almas cuando quebrantamos la ley y entramos sonriendo en el pecado.

 

115: [En la biblioteca:] Se pobló la atmósfera de olor a papel viejo, y a la luz de la linterna vimos huir una araña por el piso encerado.

       Altas estanterías barnizadas de rojo tocaban el cielo raso, y la cónica rueda de luz se movía en las oscuras librerías, iluminando estantes cargados de libros.

 

116: Sacando los volúmenes los hojeábamos, y Enrique que era algo sabedor de precios decía:

       —«No vale nada», o «vale».

       —Las montañas de oro [de Lugones]

       —Es un libro agotado. Diez pesos te los dan en cualquier parte.

       —Evolución de la materia, de Lebón. Tiene fotografías.

       —Me la reservo para mí —dijo Enrique.

       […]

       —¿Y esto?

       —¿Cómo se llama?

       —Charles Baudelaire. Su vida.

       —A ver, alcanzá.

       —Parece una biografía. No vale nada.

       Al azar entreabría el volumen.

       —Son versos.

       —¿Qué dicen?

       Leí en voz alta:

          Yo te adoro al igual de la bóveda nocturna

          ¡oh! vaso de tristeza, ¡oh! blanca taciturna.

 

127: Capítulo II: Los trabajos y los días

 

128: [La mamá:] —Tenés que trabajar, Silvio.

       —¿Trabajar, trabajar de qué? Por Dios… ¿Qué quiere que haga?… ¿que fabrique el empleo…? Bien sabe usted que he buscado trabajo.

       Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad.

       […]

       —Está bien, mamá, voy a trabajar.

       Cuánta desolación. La claridad azul remachaba en el alma la monotonía de toda nuestra vida, cavilaba hedionda, taciturna.

 

129:Pensé:

       —Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, le diré «tenés que trabajar. Yo no te puedo mantener». Así es la vida. — Un ramalazo de frío me sacudía en la silla.

130:    Ahora, mirándola, observando su cuerpo tan mezquino, se me llenó el corazón de pena.

       Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni caminar podía, y ella, flagelada por las sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos, calentándome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le secaba la boca y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de míseras ropas, tan pequeña y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.

 

133: Tras los vidrios de la ventana que daba a la calle, frente a la balconada, veíase el achocolatado cartel de hierro de una tienda. La llovizna resbalaba lentamente por la convexidad barnizada. Allá lejos, una chimenea entre dos tanques arrojaba grandes lienzos de humo al espacio pespunteado por agujas de agua.

       Repetíanse los nerviosos golpes de campana de los tranvías, y entre el «trolley» y los cables vibraban chispas violetas; el cacareo de un gallo afónico venía no sé de dónde.

       Súbita tristeza me sobrecogió al enfrentarme al abandono de aquella casa.

 

139: Indiscutiblemente, era cama de archipobre, un desecho de judería, la yacija más taimada que he conocido.

       Los resortes me hundían las espaldas; parecía que sus puntas querían horadarme la carne entre las costillas, la malla de acero rígida en una zona se hundía desconsideradamente en un punto, en tanto que en otro por maravillas de elasticidad elevaba promontorios, y a cada movimiento que hacía el lecho gañía, chirriaba con ruidos estupendos, a semejanza de un juego de engranajes sin aceite. Además, no encontraba postura cómoda, el rígido vello de la carpeta rascábame la garganta, el filo de los botines me entumecía la nuca, las espirales de los elásticos doblados me pellizcaban la carne.

 

151: Eran las siete de la tarde y la calle Lavalle estaba en su más babilónico esplendor. Los cafés a través de las vidrieras veíanse abarrotados de consumidores; en los atrios de los teatros y cinematógrafos aguardaban desocupados elegantes, y los escaparates de las casas de modas con sus piernas calzadas de finas medias y suspendidas de brazos niquelados, las vidrieras de las ortopedias y joyerías mostraban en su opulencia la astucia de todos esos comerciantes halagando con artículos de malicia la voluptuosidad de las gentes poderosas en dinero.

       Los transeúntes se desarrimaban a nuestro paso, no fuera que los mancháramos con la mugre que llevábamos.

       Avergonzado, pensaba en la traza de pícaro que tendría; y para colmo de infortunio como pregonando su ignominia los cubiertos y platos tintineaban escandalosamente.

 

153: Algunas veces en la noche, yo pensaba en la belleza con que los poetas estremecieron al mundo, y todo el corazón se me anegaba de pena como una boca con un grito.

       Pensaba en las fiestas a que ellos asistieron, las fiestas de la ciudad, las fiestas en los parajes arbolados con antorchas de sol en los jardines florecidos, y de entre las manos se caía mi pobreza.

       Ya no tengo ni encuentro palabras para pedir misericordia.

       Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma.

       Busco un poema que no encuentro, el poema de un cuerpo a quien la desesperación pobló súbitamente en su carne, de mil bocas grandiosas, de dos mil labios gritadores.

 

157: Allí comencé a quedarme sordo. Durante algunos meses perdí la percepción de los sonidos. Un silencio afilado, porque el silencio puede adquirir hasta la forma de una cuchilla, cortaba las voces en mis orejas.

       No pensaba. Mi entendimiento se embotó en un rencor cóncavo, cuya concavidad día a día hacíase más amplia y acorazada. Así se iba retobando mi rencor.

       […]

       Y fregué el piso, pidiendo permiso a deliciosas doncellas para poder pasar el trapo en el lugar que ellas ocupaban con sus piececitos, y fui a la compra con una cesta enorme; hice recados… Posiblemente, si me hubieran escupido a la cara, me limpiara tranquilo con el revés de la mano.

       Cayó sobre mí una oscuridad cuyo tejido se espesaba lentamente. Perdí en la memoria los contornos de los rostros que yo había amado con recogimiento lloroso; tuve la noción de que mis días estaban distanciados entre sí por largos espacios de tiempo… y mis ojos se secaron para el llanto.

       Entonces repetí palabras que antes habían tenido un sentido pálido en mi experiencia.

       —Sufrirás —me decía—, sufrirás…, sufrirás…, sufrirás…

       —Sufrirás… sufrirás…

       —Sufrirás… —y la palabra se me caía de los labios.

       Así maduré todo el invierno infernal.

 

161: Capítulo III: El juguete rabioso

 

173: En el futuro, ¿no sería yo uno de esos hombres que llevan cuellos sucios, camisa zurcidas, traje color vinoso y botines enormes, porque en los pies les han salido callos y juanetes de tanto caminar, de tanto caminar solicitando de puerta en puerta trabajo en que ganarse la vida?

 

178: —Vea, amigo, el capitán Márquez me habló de usted. Su puesto está en una escuela industrial. Aquí [en el ejército] no necesitamos personas inteligentes, sino brutos para el trabajo.

 

179: Calor de fiebre me subía a las sienes; olíame sudoroso, tenía la sensación de que mi rostro se había entosquecido de pena, deformado de pena, una pena hondísima, toda clamorosa.

       Rodaba abstraído, sin derrotero. Por momentos los ímpetus de cólera me envaraban los nervios, quería gritar, luchar a golpes con la ciudad espantosamente sorda… y súbitamente todo se me rompía adentro, todo me pregonaba a las orejas mi absoluta inutilidad.

       —¿Qué será de mí?

       En ese instante, sobre el alma, el cuerpo me pesaba como un traje demasiado grande y mojado.

 

181: Fue un sueño densísimo, a través de cuya oscuridad se deslizó esta alucinación:

       En una llanura de asfalto, manchas de aceite violeta brillaban tristemente bajo un cielo de buriel. En el cenit otro pedazo de altura era de un azul purísimo. Dispersos sin orden, se elevaban por todas partes cubos de portland.

       Unos eran pequeños como dados; otros, altos y voluminosos como rascacielos. De pronto, del horizonte hacia el cenit se alargó un brazo horriblemente flaco. Era amarillo como un palo de escoba, los dedos cuadrados se extendían unidos.

       Retrocedí espantado, pero el brazo horriblemente flaco se alargaba, y yo esquivándolo me empequeñecía, tropezaba con los cubos de portland, me ocultaba tras ellos; espiando, asomaba el rostro por una arista y el brazo delgado como el palo de una escoba, con los dedos envarados, estaba allí, sobre mi cabeza, tocando el cenit.

       En el horizonte la claridad había menguado, quedando fina como el filo de una espada.

 

188: [El homosexual:] —[E]so de ir a buscar, es triste: nosotras nos arreglamos con dos o tres dueños y en cuanto cae a la pieza un chico que vale la pena nos avisa por teléfono. […] ¿Por qué no habré nacido mujer?…, en vez de ser un degenerado…, sí, un degenerado…, hubiera sido muchacha de mi casa, me hubiera casado con algún hombre bueno y lo hubiera cuidado… y lo hubiera querido… en vez… así… rodar de «catrera» en «catrera» [… S]i yo pudiera daría toda mi plata para ser mujer… una mujercita pobre… y no me importaría quedarme preñada y lavar la ropa con tal que él me quisiera… y trabajara para mí… […]

       ¿Quién era ese pobre ser humano que pronunciaba palabras tan terribles y nuevas?…, ¿que no pedía nada más que un poco de amor?

 

190: […] salí a la calle.

       Otra vez se amontonaron en mi espíritu las tribulaciones de la vida, las imágenes que no quería ver ni recordar, y rechinando los dientes caminaba por las veredas oscuras, calles de comercios defendidos por cortinas metálicas y tableros de madera.

       Tras esas puertas había dinero, los dueños de esos comercios dormirían tranquilamente en sus lujosos dormitorios, y yo, como un perro, andaba a la ventura por la ciudad.

 

191: [En el puerto marítimo:] Caminaba alucinado, aturdido por el incesante trajín, por el rechinar de las grúas, los silbatos y las voces de los faquines descargando grandes bultos.

       [… M]e detenía a conversar con los pilotos de las chatas que se burlaban de mis ofrecimientos [de trabajar], a veces asomaban a responderme de las humeantes cocinas, rostros de expresiones tan bestiales, que temeroso me apartaba sin responder, y por los bordes de los diques caminaba, fijos los ojos en las aguas violetas y grasientas que con ruido gutural lamían el granito. Estaba fatigado. La visión de las enormes chimeneas oblicuas, el desarrollarse de las cadenas en las maromas, con los gritos de las maniobras, la soledad de los esbeltos mástiles, […] ese movimiento ruidoso compuesto del entrecruzamiento de todas las voces, silbidos y choques, me mostraba tan pequeño frente a la vida, que yo no atinaba a escoger una esperanza. […]

192:Y llegué a la inevitable conclusión.

       —Es inútil, tengo que matarme.

       […] No era por vez primera este pensamiento, mas en ese instante me contagió de esta certeza.

       —Yo no he de morir… pero tengo que matarme —y antes que pudiera reaccionar, la singularidad de esta idea absurda se posesionó vorazmente de mi voluntad.

       —No he de morir, no… No…, yo no puedo morir…, pero tengo que matarme.

       ¿De dónde provenía esta certeza ilógica que después ha guiado todos los actos de mi vida?

 

195: Capítulo IV: Judas Iscariote

 

203: Por las chatas calles del arrabal, miserables y sucias, inundadas de sol, con cajones de basura a las puertas, con mujeres ventrudas, despeinadas y escuálidas hablando en los umbrales y llamando a sus perros o a sus hijos, bajo el arco de cielo más límpido y diáfano, conservo el recuerdo fresco, alto y hermoso.

       […] Llamas ardientes de esperanza y de ensueño envolvíanme el espíritu y de mí brotaba una inspiración tan feliz de ser cándida, que no acertaba a decirla con palabras. […]

       Nada me preocupaba en el camino sino el espacio, terso como una porcelana celeste en el confín azul, con la profundidad de golfo en el cenit, un prodigioso mar alto y quietísimo, donde mis ojos creían ver islotes, puertos de mar, ciudades de mármol ceñidas de bosques verdes y navíos de mástiles florecidos deslizándose entre armonías de sirenas hacia las fúricas ciudades de la alegría.

       [… y] el olor a pintura en las ferreterías, y el olor a petróleo en las despensas, se confundía en mi sensorio como el fragante aroma de una extraordinaria alegría, de una fiesta universal y perfumada, cuyo futuro relator fuera yo.

 

211: —Rengo… bení, Rengo —y los fornidos carniceros, los robustos hijos de napolitanos, toda la barbuda suciedad que se gana la vida traficando miserablemente, toda la chusma flaca y gorda, aviesa y astuta, los vendedores de pescado y de fruta, los carniceros y mantequeras, toda la canalla codiciosa de dinero se complacía en la granujería del Rengo, en la desvergüenza del Rengo […]

 

213: [Lenguaje: El Rengo:] —El otro día se viene una vieja. Era una mudanza, un bayayito de nada… Y yo andaba seco, seco… Un mango, le digo, y agarro el carro del pescador. ¡Qué trotada, hermano! Cuando volví eran las nueve y cuarto, y el matungo sudado que daba miedo. Agarro y lo seco bien, pero el gayego debe haber junado, porque hoy y ayer se vino una punta de veces a la vila, y todo para ver se estaba el carro.

 

226: De pronto una idea sutil se bifurcó en mi espíritu, yo la sentí avanzar en la entraña cálida, era fría como un hilo de agua y me tocó el corazón.

       —¿Y si lo delatara?

       […] Decíame:

       —Porque si hago eso destruiré la vida del hombre más noble que he conocido.

       Si hago eso me condeno para siempre.

       Y estaré solo, y seré como Judas Iscariote.

       Toda la vida llevaré una pena.

       ¡Todos los días llevaré una pena!… —y me vi prolongado dentro de los espacios de vida interior, como una angustia, vergonzosa hasta para mí.

       Entonces sería inútil que tratara de confundirme con los desconocidos. El recuerdo, semejante a un diente podrido, estaría en mí, y su hedor me enturbiaría todas las fragancias de la tierra, pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia.

       —¿Por qué no?… Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un secreto repugnante, que me impulsará a investigar cuál es el origen de mis raíces oscuras. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me preguntaré: ¿Por qué fui tan canalla?, y no sabré responderme, y en esta rebusca sentiré cómo se abren en mí curiosos horizontes espirituales.

 

228: —«Sí, la vida es linda, Rengo… Es linda. Imagináte los grandes campos, imagináte las ciudades del otro lado del mar. Las hembras que nos seguirían, y nosotros cruzaríamos como grandes “bacanes” las ciudades que están al otro lado del mar.»

       […] —¡Ah!, canalla… canalla… [me decía.]

       —No me importa… y seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré una pena… una pena… La angustia abrirá a mis ojos grandes horizontes espirituales… […] y entonces… entonces seré hermoso como Judas Iscariote… y tendré una pena… una pena… ¡Puerco!

 

236: [Arsenio Vitri:] —[… ¿P]or qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo. ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?

       […] —Es cierto… Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos. [… E]l recuerdo del Rengo estará siempre en mi vida, será en mi espíritu como el recuerdo de un hijo que se ha perdido. Él podrá venir a escupirme en la cara y yo no le diré nada.

 

 
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