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Some Extracts for Discussion from Gringo viejo

 

1)       aunque él no lo dijo, todos entendimos que estaba aquí para que lo matáramos nosotros, los mexicanos. A eso vino. [13]

 

2)       “Hay una frontera que sólo nos atrevemos a cruzar de noche —había dicho el gringo viejo—: la frontera de nuestras diferencias con los demás, de nuestros combates con nosotros mismos.” [13]

 

3)       la verdad es que casi se va el cadáver del gringo viejo a unirse al viento del desierto, como si la frontera que un día cruzó fuera de aire y no de tierra y abarcara todos los tiempos que ellos podían recordar detenidos allí [16]

 

4)       Soñó que cruzaba un puente en llamas. Despertó. No soñó. Lo había visto la mañana cuando entró a México. [22]

 

5)       [El protagonismo de los periódicos norteamericanos:] unos bandidos llamados Carranza, Obregón, Villa y Zapata se habían levantado en armas con el propósito secundario de vengar la muerte de Madero y de derrocar a un tirano borracho, pero con el propósito principal de robarle sus tierras al señor Hearst. Wilson habló de la Nueva Libertad y dijo que les enseñaría la democracia a los Mexicanos. Hearst exigía: Intervención, Guerra, Indemnización. [27-29]

 

6)       sí repitió sus propias palabras escritas para anunciarles desde lejos que “este pedazo de humanidad, [...] este humilde Prometeo, venía rogando, sí, implorando el bien de la nada. [...]” [31]

 

7)       El general y el gringo se miraron hablándose en silencio y en las alturas opuestas de un barranco: las miradas eran sus palabras, y la tierra que corría por la ventanilla del tren a espaldas de cada uno de ellos contaba tanto la historia de los papeles que era la historia de Arroyo como la historia de los libros que era la historia del gringo (pensó el viejo con una sonrisa amarga: papeles al cabo, pero qué diferente manera de saberlos, ignorarlos, guardarlos: este archivo del desierto va corriendo y no sé a dónde va ir a dar, no lo sé, [...] pero yo sé lo que quiero) [35]

 

8)       este gringo no iba a pisar un palmo de tierra sin conocer la historia de esa tierra; este gringo iba a saber hasta el último hecho de la tierra escogida para regalarle setenta y un años de hueso y pellejo: como si la historia siguiese corriendo sin parar al ritmo del tren, pero también al ritmo de la memoria de Arroyo [35]

 

9)       huir de los españoles, huir de los indios, huir de la encomienda, agarrarse a las grandes haciendas ganaderas como el mal menor, preservar como islotes precisos las escasas comunidades protegidas en su posesión de tierras y aguas por la corona española en la Nueva Vizcaya, evadir el trabajo forzado y unos cuantos: pedir respeto a la propiedad comunal otorgada por el rey, negarse a ser cuatreros o esclavos o rebeldes o tobosos pero al cabo ellos también, los más recios, los más honorables, los más humildes y orgullosos a la vez, vencidos también por el destino del mal: esclavos y cuatreros, nunca hombres libres salvo cuando eran rebeldes. Ésa era la historia de esta tierra y el viejo gusano de bibliotecas americanas lo sabía y miró los ojos de Arroyo para confirmar que el general lo sabía también: esclavos o cuatreros, nunca hombres libres, y sin embargo dueños de un derecho que le permitía ser libres: la rebelión. [35-36]

 

10)     Yo guardo los papeles. Los papeles prueban que nadie más tiene derecho a estas tierras.

               —¿Puede usted leer, mi querido general? [...]

               —[...] Yo soy analfabeta, pero también me acuerdo. No puedo leer los papeles que guardo para mi gente [...]. Pero yo sé lo que mis papeles significan mejor que los que puedan leerlos. ¿Te enteras? [36-37]

 

11)     El general se pegó repetidas veces con el dedo índice en la sien: todas las historias están aquí en mi cabeza, toda una biblioteca de palabras; la historia de mi pueblo, mi aldea, nuestro dolor: aquí en mi cabeza, viejo. Yo sé quién soy, viejo. ¿Lo sabes tú? [37]

 

12)     Los hombres y mujeres de la tropa de Arroyo se miraban a sí mismos. Paralizados por sus propias imágenes, por el reflejo corpóreo de su ser, por la integridad de sus cuerpos. Giraron lentamente, como para cerciorarse de que ésta no era una ilusión más. Fueron capturados por el laberinto de espejos. [44]

 

13)     [Arroyo:] todos vamos a juntarnos a donde decida el general Villa para luego caer juntos sobre Zacatecas y México. Ése es el premio de esta campaña. Tenemos que llegar allí antes que la gente de Obregón y Carranza. Pancho Villa dice que esto es importante para la revolución. Nosotros somos gente del pueblo; los otros son perfumados. [56]

 

14)     El sueño es nuestro mito personal, se dijo el gringo viejo [...]; hizo un esfuerzo gigantesco [...] y en un instante soñó con los ojos abiertos y los labios apretados el sueño entero de Harriet, todo, el padre ausente, la madre prisionera de las sombras, el paso de la luz estable sobre una mesa a la luz fugitiva dentro de una casa abandonada. [57]

 

15)     Quería lo que soñó: el drama revolucionario del hijo contra el padre. [58]

 

16)     Para el gringo viejo, aturdido por el quebradizo planeta que separa a la realidad de la ficción, el problema era otro: periodista o escritor, la alternativa lo seguía persiguiendo; no era lo mismo pero debía sacarse las opciones de la cabeza. Ya no podía seguir creyendo que iba a vivir, a trabajar, a optar entre la noticia dirigida a Hearst y sus lectores, o la ficción dirigida al padre y la mujer, y que no era posible seguir sacrificando ésta a aquélla. [60]

 

17)     [Arroyo:] —Yo soy el hijo de la parranda, el hijo del azar y la desgracia, señorita. Nadie defendió a mi madre. Era un muchachita. No estaba casada ni tenía quien la defendiera. Yo nací para defenderla. [...]

               —[...] La desgracia me nombró general. El silencio y callarme. Aquí te mataban si te oían hacer ruidos en la cama. [...] Nosotros amamos y parimos sin voz, señorita. En vez de voz, yo tengo un papel.

 

18)     “dos veces murió mi primer hijo, un alcohólico primero y un suicida después que me leyó y me dijo: `Viejo, has escrito el plan maestro para mi muerte, ay viejo querido.' [...]” [74]

 

19)     Ahora abre bien los ojos, miss Harriet, y recuerda que matamos a nuestros pieles rojas y nunca tuvimos el valor de fornicar con las mujeres indias y tener por lo menos una nación de mitad y mitad. Estamos capturados en este negocio de matar eternamente a la gente con otro color de piel. México es la prueba de lo que pudimos ser, de manera que mantén bien abiertos los ojos. [77]

 

20)     y como [Hearst] no podía decir: “Entren a proteger mis propiedades”, tenía que decir: “Entren a proteger nuestras vidas, hay ciudadanos norteamericanos en peligro, intervengan...” [81]

 

21)     El gringo [...n]o quiso provocar ahora a Arroyo: su sentido de los espacios dramáticos (sonrió el viejo escritor) se sentiría violado por una muerte más, encima de la batalla y el coronel federal; se rió; ni que fuera Shakespeare, aunque fuera su muerte. [...]

               Pegó duro con el puño sobre el arzón y sintió el movimiento de su imaginación literaria venciéndolo de nuevo [...]. ¿Estaba aquí para morir o para escribir una novela sobre un general mexicano y un gringo viejo y una maestra de escuela de Washington perdida en los desiertos del norte de México? [90]

 

22)     [Las perlas ¿robadas?] —Usted tiene su botín— contestó [Harriet ...]—. Es lo único que quieren, ¿verdad? Lo demás es aire caliente. [...]

               —Ahorraron el año entero, señorita, hasta pasaron hambres para no pasarse de su fiesta. [102-04]

 

23)     Arroyo sólo recordaba una estación del año: era siempre la misma, el tiempo aquí no tenía esos signos en el camino y por eso era tan violenta la necesidad de marcar el tiempo con heridas inolvidables, de esas que siguen doliendo cuando se cierran: era toda su vida. [107]

           

24)     [La mujer con cara de luna:] Yo fui la primera mujer que él amó sin tenerle miedo a sus palabras y a sus suspiros. Él nunca olvidará cómo gritó de placer la primera vez que se vino dentro de mí y nadie lo azotó. [...] Tomás Arroyo es hijo del silencio. Su verdadera palabra son sus papeles que él entiende mejor que nadie, aunque no los sepa leer. Yo siempre temí que regresara aquí, donde nació. ¿Qué cosas pueden pasar cuando uno regresa al hogar que un día abandonó para siempre? [115]

 

25)     Se dio cuenta de que la lengua inglesa sólo sabía conjugar una clase de ser —to be— que en español era el ser y su fantasma: ser y estar, una forma de existencia el espejo de la otra, pero también su transformación: cambio constante, como el espíritu y la carne. [124]

 

26)     El viejo camina en línea recta, mascullando viejas historias que él escribió un día, crueles historias de la guerra civil norteamericana en las que los hombres sucumben y sobreviven porque les ha sido otorgada una conciencia fragmentada: porque un hombre puede estar a un mismo tiempo colgando de un puente con una soga al cuello, muriendo y mirando su muerte desde el otro lado de un río [...] [134]

 

27)     Ella había sido la respuesta final al loco sueño del artista con la conciencia dividida. Ella había visto los libros en la petaca abierta. Ella sabía que él vino a leer al Quijote pero no que lo quiso leer entes de morirse. Ella vio los papeles borroneados y los lápices rotos. Ella quizá sabía que nada es visto hasta que el escritor lo nombra. El lenguaje permite ver. Sin la palabra todos somos ciegos [...] [140]

 

28)     le pidió que no matara al único padre que les quedaba a ambos: ella gritó por primera vez de placer con él, él gritó por primera vez con la mujer de la cara de luna [...]; cayó muerto el gringo viejo y las palabras se convirtieron en ceniza; cayó muerto el gringo viejo y los compañeros hablaron porque ahora los papeles con su historia ya no hablarían por ellos: dirían que nosotros trabajamos mil años la tierra, antes que llegaran los agrimensores y los abogados y el ejército a decirnos la tierra ya no es de ustedes [...]; murió el gringo viejo y las palabras de los papeles se fueron volando por el desierto, diciendo nos gusta pelear, nos sentimos como muertos si no peleamos, ojalá que esta revolución nunca se acabe y si se acaba nos iremos a pelear en una nueva revolución [...] [145]

 

29)     —No soy más que ustedes, hijos míos. Nomás soy el que guarda los papeles. [...] No tenemos otro modo de probar que estas tierras son nuestras. Es el testamento de nuestros antepasados. Sin él, somos como huérfanos. Yo lucho, tú luchas, nosotros luchamos, para que al fin estos papeles sean respetados. [...]

               [...] y el general Tomás Arroyo, que nunca había hablado mucho porque tenía los papeles, ahora tenía que hablar en nombre de los papeles quemados. Ahora la memoria dependía del jefe, y dependía de ellos. [148]

 

30)     También estaban allí los reporteros, los periodistas y fotógrafos gringos, con una nueva invención, la cámara cinematográfica. [161]

 

30a)    [Villa:] —Los marinos llegaron a Veracruz bombardeando la ciudad y matando a jóvenes cadetes mexicanos. En vez de hundir a Huerta, lo fortalecieron con el fervor nacionalista del pueblo. Dividieron la conciencia de la revolución y permitieron que el borracho Huerta impusiera la infame leva nacional. [162]

 

31)     y ahora los dos estaban de nuevo solos, huérfanos, mirándose con odio, incapaces ya de alimentarse el uno al otro a través de una criatura viva y de colmar las ausencias angustiadas que ella sentía en ella y él en él [...]. Ella miró los pedazos de papel calcinado y Arroyo dijo que el gringo le quemó el alma y ella admitió que quemó algo más: la historia de México [...] [165]

 

32)     El gringo viejo se murió, quizás, quemando ese porvenir común de México y de Tomás Arroyo. [171]

 

32a)    [Villa:] —Tomás Arroyo creyó que podía regresar a su casa. Pero nadie tiene derecho a eso hasta que triunfe la revolución. La revolución es ahora nuestro hogar. [171]

 

33)     —[...] La verdad se murió nomás porque cruzó la frontera. [...] A usted [Harriet] le va a tocar acordarse de todo. [173]

 

34)     —[...] Con razón ésta no es frontera, sino que es cicatriz. [175]

 

34a)    Harriet oyó y asimiló la historia urdida por la prensa, la aceptó como parte del tiempo que ella iba a mantener. [175]

 

35)          —¿No quiere que salvemos a México para la democracia y el progreso, señorita Winslow?

               —No, no, yo quiero aprender a vivir con México, no quiero salvarlo —[...] como si pudiera hacerles entender que estas palabras no significaban nada, salvar a México para el progreso y la democracia, que lo importante era vivir con México a pesar del progreso y la democracia, y que cada uno llevaba adentro su México y sus Estados Unidos, su frontera oscura y sangrante que sólo nos atrevemos a cruzar de noche: eso dijo el gringo viejo. [176-77]

 

36)          No la oyeron gritar cuando el puente estalló en llamas.

               —He estado aquí. Esta tierra ya nunca me dejará.

               Ellos le dieron la espalda y la vieron para siempre entrando a un salón de baile lleno de espejos, sin mirarse a sí misma porque en realidad entraba a un sueño.

 

37)     Arroyo tenía razón al hablar de la muerte de su padre y de la vigilia de su hijo sobre los despojos del padre: qué tal si de repente el padre salta de regreso y prueba que todos están muertos ya [...] y que todos estábamos duplicando nuestro tiempo en otra circunstancia, otra posición, otro tiempo [...]. “Ambrose Bierce” era un nombre muerto impreso en las cubiertas de los libros que un viejo llevaba en su viaje a la muerte. Harriet no lo llamaría “Cervantes”, el nombre del autor del otro libro. De manera que llamarlo “Bierce” quizás era igualmente extravagante. [182]

 

36)     [Harriet:] —No. [...]

               —No. [...]

               —No. [...]

               Ella no.

               [...] Entonces ella, condenada a volver a su hogar con el cadáver del gringo viejo, tuvo que demostrarle a Arroyo que nadie tiene derecho a regresar a su casa.

 

 

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