Some Quotations from
Balún Canán (1957)

N.B. See also Bibliography for Castellanos

 

9: —… Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria. Desde aquellos días arden y se consumen con el leño en la hoguera. Sube el humo en el viento y se deshace. Queda la ceniza sin rostro. Para que puedas venir tú y el que es menor que tú y les baste un soplo, solamente un soplo…

            —No me cuentes ese cuento, nana.

            —¿Acaso hablaba contigo? ¿Acaso se habla con los granos de anís?

            No soy un grano de anís. Soy una niña y tengo siete años. […] Y a mi hermano lo miro de arriba abajo. Porque nació después de mí y, cuando nació, yo ya sabía muchas cosas que ahora le explico minuciosamente. Por ejemplo ésta:

            Colón descubrió la América. […]

            —No te muevas tanto, niña. No puedo terminar de peinarte.

            ¿Sabe mi nana que la odio cuando me peina? No lo sabe. No sabe nada. Es india, está descalza y no usa ninguna ropa debajo de la tela azul del tzec. No le da vergüenza. Dice que la tierra no tiene ojos.

            […] Me da miedo que del otro lado [de la mesa] haya un espejo.

            —Acaba de beber la leche.

            [… L]os niños malcriados, como yo, hacemos muecas y […] tiramos [la leche] sobre el mantel.

            —Te va a castigar Dios por el desperdicio —afirma la nana.

            —Quiero tomar café. Como tú. Como todos.

            —Te vas a volver india.

            Su amenaza me sobrecoge. Desde mañana la leche no se derramará.

 

16: [La nana:] —Mira lo que me están haciendo a mí.

            Y alzándose el tzec, la nana me muestra una llaga rosada, tierna, que le desfigura la rodilla.

            Yo la miro con los ojos grandes de sorpresa.

            —No digas nada, niña. Me vine de Chactajal para que no me siguieran. Pero su maleficio alcanza lejos.

            —¿Por qué te hacen daño?

            —Porque he sido crianza de tu casa. porque quiero a tus padres y a Mario y a ti.

            —¿Es malo querernos?

            —Es malo querer a los que mandan, a los que poseen. Así dice la ley.

            […] Mi padre despide a los indios con un ademán y se queda recostado en la hamaca, leyendo. Ahora lo miro por primera vez. Es el que manda, el que posee. Y no puedo soportar su rostro y corro a refugiame en la cocina.

 

38: —Oílo vos, este indio igualado. Está hablando castilla. ¿Quién le daría permiso?

            Porque hay reglas. El español es privilegio nuestro. Y lo usamos hablando de usted a los superiores; de tú a los iguales; de vos a los indios.

 

42: Contemplo la imagen [del Cristo] un instante, muda de horror. Y luego me lanzo, como ciega, hacia la puerta. Forcejeo vilentamente, la golpeo con mis puños desesperada. y es en vano. […]

            Mi madre me alcanza y me toma por los hombros, sacudiéndome.

            —¿Qué te pasa?

            No puedo responder […] Algo dentro de mí se rompe y se entrega, vencido.

            —Es igual (digo señalando al crucifijo), es igual al indio que llevaron macheteado a nuestra casa.

45: —“Se aprobó la ley según la cual los dueños de fincas, con más de cinco familias de indios a su servicio, tienen la obligación de proporcionarles medios de enseñanza, estableciendo una escuela y pagando de su peculio a un maestro rural.”

            Mi madre dobla el papel y sonríe con sarcasmo.

            —¿Dónde se ha visto semejante cosa? Enseñarles a leer cuando ni siquiera son capaces de aprender a hablar español.

 

46: [Jaime Rovelo:] —Mi hijo opina que la ley es razonable y necesaria; que Cárdenas es un presidente justo.

            Mi madre se sobresalta y dice con apasionamiento:

            —¿Justo? ¿Cuando pisotea nuestro derechos, cuando nos arrebata nuestra propiedades? Y para dárselas ¿a quiénes?, a los indios. Es que no los conoce; es que nunca se ha acercado a ellos ni ha sentido cómo apestan a suciedad y a trago. Es que nunca les ha hecho un favor para que le devolvieran ingratitud. No les ha encargado una tarea para que mida su haraganería. ¡Y son tan hipócritas, y tan solapados y tan falsos!

            —Zoraida —dice mi padre, reconviniéndola.

            —Es verdad —grita ella—. Y yo hubiera preferido mil veces no nacer nunca antes que haber nacido entre esta raza de víboras.

 

58: “[…] He aquí que el cashlán difundió por todas partes el resplandor que brota de su tez. Helo aquí, hábil para exigir tributo, poderoso para castigar, amurallado en su idioma como nosotros en el silencio, reinando. […]”

            Una sombra, más espesa que la de las hojas de la higuera, cae sobre mí. Alzo los ojos. Es mi madre. Precipitadamente quiero esconder los papeles. pero ella los ha cogido y los contempla con aire absorto.

            —No juegues con estas cosas —dice al fin—. Son la herencia de Mario. Del varón.

 

80: [César:] —Ahí están las indias a tu disposición, Ernesto. A ver cuándo una de estas criaturas resulta de tu color.

            A Ernesto le molestó la broma porque se consideraba rebajado al nivel de los inferiores. Respondió secamente:

            —Tengo malos ratos pero no malos gustos, tío.

            —Eso dices ahora. Espera que pasen unos meses para cambiar de opinión. La necesidad no te deja escoger. Te lo digo por experiencia.

            —¿Usted?

            —¿Qué te extraña? Yo. Todos. Tengo hijos regados entre ellas.

            Les había hecho un favor. las indias eran más codiciadas después. Podían casarse a su gusto. El indio siempre veía en la mujer la virtud que le había gustado al patrón. Y los hijos eran de los que se apegaban a la casa grande y de los que servían con fidelidad.

            Ernesto no se colocaba, para juzgar, del lado de las víctimas. No se incluía en el número de ellas. El caso de su madre era distinto. No era una india. era una mujer humilde, del pueblo. Pero blanca. Y Ernesto se enorgullecía de la sangre de Argüello. […]

            —¿Doña Zoraida lo sabe?

[…]      —¿Qué? ¿Lo de mis hijos? Por supuesto.

            Habría necesitado ser estúpida para ignorar un hecho tan evidente. Además toda mujer de ranchero se atiene a que su marido es el semental mayor de la finca.

 

81: [Los documentos:] —¿Qué los escribió un indio?

            —Y en español para más lujo. Mi padre mandó que los escribiera para probar la antigüedad de nuestras propiedades y su tamaño.

 

96: [Zoraida:] —Ellos [los indios] son tan rudos que no son capaces de aprender a hablar español. La primera vez que vine a Chactajal quise enseñarle a hablar a la cargadora de la niña. Y ni atrás ni adelante. nunca pudo pronunciar la f. Y todavía hay quienes digan que son iguales a nosotros.

 

97: César habla entonces al intruso dirigiéndole una pregunta en tzeltal. Pero el indio contesta en español.

            —No vine solo. Mis camaradas están esperándome en el corredor.

            Zoraida se replegó sobre sí misma con violencia, como si la hubiera picado un animal ponzoñoso. ¿Qué desacato era éste? Un infeliz atreviéndose, primero, a entrar sin permiso hasta donde ellos están. Y luego a hablar en español Y a decir palabras como “camarada”, que ni César —con todo y haber sido educado en el extranjero— acostumbra emplear.

 

101: [Felipe:] —En Tapachula fue donde me dieron a leer el papel que habla. Y entendí lo que dice: que nosotros somos iguales a los blancos.

            Uno se levantó con violencia.

            —¿Sobre la palabra de quién lo afirma?

            —Sobre la palabra del Presidente de la República.

            […] Felipe contó entonces lo que había visto. Estaba en Tapachula cuando llegó Lázaro Cárdenas. Los reunieron a todos bajo el balcón principal del Cabildo. Allí habló Cárdenas para prometer que se repartirían las tierras.

 

103: [Felipe:] —No soy yo el que pide que se construya la escuela. Es la ley. Y hay un castigo para el que no la cumpla. […] Yo me presenté hoy delante de César y le hablé en su propia lengua. Mira: nada malo me ha sucedido.

 

106: Masticaban hojas amargas antes de decir sus oraciones y, ya desesperados, una vez escogieron al mejor de entre ellos para crucificarlo. Porque los blancos tienen así a su Dios, clavado de pies y manos para impedir que su cólera se desencadene. Pero los indios habían visto pudrirse el cuerpo martirizado que quisieron erguir contra la desgracia. Entonces se quedaron quietos y todavía más: mudos. Cuando Felipe les habló alzaron los hombros con un gesto de indiferencia. ¿Quién le dio autoridad a éste, se decían? Otros hablan español, igual que él. […] Pero Felipe era el único de entre ellos que sabía leer y escribir. Porque aprendió en Tapachula, después de conocer a Cárdenas.

 

145: [En la escuela:] Ellos no sabían hablar español. Ernesto no sabía hablar tzeltal. No existía la menor posibilidad de comprensión entre ambos. Cuando dio por terminada la clase, Ernesto se acercó a Felipe con la esperanza de que se hubiera dado cuenta de la inutilidad de la ceremonia y renunciara a exigirla. Pero Felipe parecía muy satisfecho de que se estuviera dando cumplimiento a la ley.

 

150: [Los indios c]on el pantalón de manta bien ceñido se movieron hasta el agua y se sumergieron en ella, sin ruido, como si volvieran a su elemento propio.

            —Van a ensuciar nuestra poza —dijo Zoraida con un acento soñador y remoto.

            […] Ni los indios se habían desnudado delante de ellas, ni las habían insultado obligándolas a salir del río antes de terminar de bañarse.

 

179: No voy a aguantar más, dijo Juana. Me voy a ir con los patrones cuando se vayan a Comitán. Voy a ser la salera. Voy a hablar castilla delante de las visitas. Sí, señor. Sí, señora. Y ya no voy a usar tzec.

188: [César:] ¡Ejidos! Los indios no trabajan si la punta del chicote no les escuece en el lomo. ¡Escuela! Para aprender a leer. ¿A leer qué? Para aprender español. Ningún ladino que se respete condescenderá a hablar en español con un indio.

 

189: César se mordió el labio inferior para disimular una sonrisa. No había que provocarlos. Pero se veían tan ridículos tomando en serio su papel de salvajes que quieren ser civilizados.

 

193: Los que vinieron después bautizaron las cosas de otro modo. Nuestra Señora de la Salud. Éste era el nombre de los días de fiesta que los indios no sabían pronunciar. Les era ajeno. Como la casa grande. Como la ermita. Como el trapiche.

 

195: Y entonces fue cuando brotó, entre el montón de bagazo, la primera llamarada. Y entonces se supo que toda aquella belleza inmóvil no era más que para que el fuego la devorara.

 

199: Esa noche los indios se miraron con recelo, porque cada uno podía albergar un propósito de delación. Y comieron su comida con remordimiento. Y bebieron trago fuerte para espantar al espanto. Y en sus sueños volvió a moverse la violencia del incendio. Y sólo uno pudo pensar que se había obrado con justicia.

 

250: —Si Dios quiere cebarse en mis hijos… ¡Pero no en el varón! ¡No en el varón!

 

262: Empujada por un impulso irresistible fui y arranqué la llave de la cerradura.

            Mario retrocedió espantado.

            No quiso acompañarme. Se quedó allí mientras yo iba, sin testigos, a esconder la llave en el cofre de mi nana entre su ropa y las piedrecitas de Chactajal.

 

277: Y Mario apretando los dientes, resistiendo enmedio de sus dolores y pensando que yo lo he traicionado. Y es verdad. Lo he dejado retorcerse y sufrir, sin abrir el cofre de mi nana. Porque tengo miedo de entregar esa llave. Porque me comerían los brujos a mí; a mí me castigaría Dios, a mí me cargaría Catashaná. ¿Quién iba a defenderme? Mi madre no. Ella sólo defiende a Mario porque es el hijo varón.

 

291: Nunca, aunque yo la encuentre, podré reconocer a mi nana. Hace tanto tempo que nos separaron. Además, todos los indios tienen la misma cara.

 

291: Cuando llegué a la casa busqué un lápiz. Y con mi letra inhábil, torpe, fui escribiendo el nombre de Mario. Mario, en los ladrillos del jardín. Mario en las paredes del corredor. Mario en las páginas de mis cuadernos.

            Porque Mario está lejos. Y yo quisiera pedirle perdón.


Home ] Up ] Seminar List ] Lecture: Aves sin nido ] Lecture Handout: Aves sin nido ] Lecture: Carpentier ] [ Lecture Handout: Balun Canan ] Lecture: Huasipungo ]