Because of my petty bourgeois, anti-Peronist class, I belonged to a group which confused the phenomenon of Juan Domingo Perón, Evita Perón and a good part of their team of scoundrels with a fact that we should not have ignored and did ignore, i.e. that Perón had created the first big convulsion, the first big upheaval of the masses in the country: a whole new period had begun in the history of Argentina. That is obvious.
At that time, within Argentina, the confrontations, the frictions, the feeling of violation we felt daily at this popular upsurge, our situation of young bourgeois who read in several languages, prevented us from understanding the phenomenon. We were very annoyed by the loudspeakers on the corners shouting, ‘Perón. Perón, how great you are’, because they interrupted the latest Alban Berg concerto we were listening to. All that pushed us into a suicidal mistake, and we all cleared out.
González Bermejo, Ernesto, ‘Julio Cortázar: una apuesta a lo imposible’, in Cosas de escritores (Montevideo, 1971), 132-3, cited in Boldy, Steven, The novels of Julio Cortázar (Cambridge, 1980), 37-8.
1(a). The area
of the fantastic (the repressed), lo otro, is
consciously and intentionally visited by a character
dissatisfied with his primary reality. Here he comes into
contact with monstrous characters and in some cases with a
double who serves as an intermediary to this contact (a sort of
Virgil figure). And, vice versa, the monster is also a medium to
the contact with the double. [‘Las
puertas del cielo’, ‘El otro cielo’, ‘La
isla a mediodía’, ‘La barca o Nueva visita a
Venecia’]
1(b). [Variation:] A character more or less unwittingly enter[s] a concert or spectacle and com[es] into contact with what he (usually due to its unexpected nature, or contrast with his own medium) considers monstrous and absurd. [‘La banda’, ‘El perseguidor’]
2. The second type of relationship between [civilization and lo otro], which is far more passive on the side of civilization, and received with hostility, is also much more fantastic in the traditional sense, involving metaphorical possession by incubi and succubi, the return of ghosts, eternity through metempsychosis, and the like. [‘Casa tomada’, ‘Anillo de Moebius’, ‘Lejana’, ‘Las armas secretas’, ‘Una flor amarilla’, ‘Las babas del diablo’, ‘La salud de los enfermos’, ‘Las caras de la medalla’].
Boldy, Steven, The novels of Julio Cortázar, 42-3.
‘Casa tomada’(protagonist,
Irene)
A veces llegamos a creer que era ella [la casa] la que no nos dejó casarnos. […] Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. (7-8)
Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente se había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. (8)
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdía debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo. (12)
‘El otro cielo’(protagonist, Irma, Josiane,
Lau(t)r(éam)ent, en Buenos Aires 1944-5 y París
1870)
Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía. Y por eso, si echarse a caminar una y otra vez por la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo, hay ratos en que vuelvo a decirme que ya sería tiempo de retornar a mi barrio preferido […] (13)
Yo la dejaba hablar, mirando todo el tiempo hacia la mesa del fondo y diciéndome que al fin y al cabo hubiera sido tan natural que me acercara al sudamericano y le dijera un par de frases en español. Estuve a punto de hacerlo, y ahora no soy más que uno de los muchos que se preguntan por qué en algún momento no hicieron lo que habían pensado hacer. En cambio me quedé con la Rousse y Kikí, fumando una nueva pipa y pidiendo otra ronda de vino blanco; no me acuerdo bien de lo que sentí al renunciar a mi impulso, pero era algo como una veda, el sentimiento de que si la trasgredía iba a entrar en un territorio inseguro. Y sin embargo creo que hice mal, que estuve al borde de un acto que hubiera podido salvarme. Salvarme de qué, me pregunto. Pero precisamente de eso: salvarme de que hoy no pueda hacer otra cosa que preguntármelo, y que no haya otra respuesta que el humo del tabaco y esa vaga esperanza inútil que me sigue por las calles como un perro sarnoso. (23)
[M]e fue invadiendo algo que era como un abandono, el sentimiento indefinible de que eso no hubiera debido ocurrir en esa forma, que algo estaba amenazando en mí el mundo de las galerías y los pasajes, o todavía pero, que mi felicidad en ese mundo había sido un preludio engañoso, una trampa de flores como si una de las figuras de yeso me hubiera alcanzado una guirnalda mentida (y esa noche yo había pensado que las cosas se tejían como las flores en una guirnalda), para caer poco a poco en Laurent […] (28)
Nunca he querido admitir que la guirnalda estuviera definitivamente cerrada y que no volvería a encontrarme con Josiane en los pasajes o los boulevares. Algunos días me da por pensar en el sudamericano, y en esa rumia desganada llego a inventar como un consuelo, como si él no hubiera matado a Laurent y a mí con su propia muerte […] (34)
‘Una flor
amarilla’(protagonist, Luc, en
París)
Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina […] (85)
Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. [… U]na teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. (87-8)
Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor. […] —[…] De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. (89)
‘Lejana’(Alina Reyes, Luis María, en
Buenos Aires y Budapest)
Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. […]
[M]e desnudo a gritos de lo diurno y moviente […]. Now I lay me down to sleep…Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. [… Y] otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. […]
[Y] más tarde palindromas [palíndromos]. Los fáciles, salta Lenín el atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átale, demoniáco Caín, o me delata; Anás usó tu auto, Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y… Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y…
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzatenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio. (90-1)
Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, […] y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre es nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos. (92)
En el puente la hallaré y nos miraremos. […] Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro. (97)
Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose. (98)
‘Las armas secretas’(Pierre,
Michèle, en París y Enghien)
Curioso que la gente crea que tender una cama es exactamente lo mismo que tender una cama, que dar la mano es siempre lo mismo que dar la mano, que abrir una lata de sardinas es abrir al infinito la misma lata de sardinas. «Pero si todo es excepcional», pensa Pierre alisando torpemente el gastado cobertor azul. (119)
‘La isla a mediodía’(Marini en Xiros)
Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de espacio, sintió que la empresa era posible.
[T]omó en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. (151)
‘La salud de los enfermos’(Mamá,
Alejandro, en la Argentina, el Urugay, el
Brasil)
Tres días después del entierro llegó la última carta de Alejandro, donde como siempre preguntaba por la salud de mamá y de tía Clelia.Rosa, que la había recivido, la abrió y empezó a leerla sin pensar, y cuando levantó la vista porque de golpe las lágrimas la cegaban, se dio cuenta de que mientras la leía había estado pensando en cómo habría que darle a Alejandro la noticia de la muerte de mamá.
‘Las caras de la medalla’(Javier, Mireille, en
Ginebra)
Era como si Mireille esperara de Javier algo que él esperaba de Mireille, una cuestión de iniciativas o de prelaciones, de gestos de hombre y acatamientos de mujer, la inmutabilidad de las secuencias decididas por otros, recibidas desde fuera; habíamos avanzado por un camino en el que ninguno había querido forzar la marcha, quebrar la armoniosa paridad; ni siquiera ahora, después de saber que habíamos errado ese camino, éramos capaces de un grito, de un manotón hacia la lámpara, del impulso por encima de las ceremonias inútiles, de las batas de baño y no es nada, no te preocupes por eso, otra vez será mejor. (176)
[C]omprendiendo que tampoco ahora, que para ella nunca, que la ternura y eso se había vuelto inconciliables […]
Puede ser que hayamos dormido, estábamos demasiado distantes y solos y sucios, la repetición se había cumplido como en un espejo, sólo que ahora era Mireille la que se vestía para irse y él la acompañaba hasta el auto, la sentía despedirse sin mirarlo y el elve beso en la mejilla, el auto que arrancaba en el silencio de la alta noche, el regreso al hotel y ni siquiera saber llorar, ni siquiera saber matarse, solamente el sofá y el alcohol y el tictac de la noche y del alba, la oficina a las nueve […] (179)
Mireille de su lado de la medalla ya no esperaría nada, no volvería a creer en nada, simplemente retornaría a la cabaña y a los discos, sin siquiera imaginar otra manera de correr hacia lo que no habían alcanzado. […] Cada cual de su lado, incapaces de derribar la medalla de un empujón. (180)
[E]scribiendo textos que tratan de ser como las pesadillas, allí donde nadie tiene su verdadero nombre pero acaso su verdad, allí donde no hay medalls de canto con anverso y reverso ni peldaños consagrados que hay que subir; pero, claro, son solamente textos. (181)
‘Las babas del diablo’(Roberto Michel en
París)
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
‘El perseguidor’(Johnny Carter, [Julio
Cortázar, Jesús Cristo,] Bruno, en
París)
[Johnny:] —Sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando… […] Bruno, si you pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia… Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio… Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojex, de esa manía de minutos y de pasado mañana… (231)
Amourous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido que me pasa los dedos por la cara y e sonríe enternecido. (253)
[C]ada vez que Johnny sufre, va a la cárcel, quiere matarse, incendia un colchón o corre desnudo por los pasillos de un hotel, está pagando algo por ellos, está muriéndose por ellos. Sin saberlo, y no como los que pronuncian grandes discursos en el patíbulo o escriben libros para denunciar los males de la humanidad […]. Sin saberlo, pobre saxofonista, con todo lo que esta palabra tiene de ridículo, de poca cosa, de uno más entre tantos pobres saxofonistas.
[Johnny:] —No se puede decir nada, inmediatamente lo traduces a tu sucio idioma. Si cuando yo toco tú ves a los ángeles, no es culpa mía. Si los otros abren la boca y dicen que he alcanzado la perfección, no es culpa mía. Y esto es lo peor, lo que verdaderamente te has olvidado de decir en tu libro, Bruno […] Sobre todo no acepto a tu Dios […]. No me vengas con eso, no lo permito. Y se realmente está del otro lado de la puerta, maldito si me importa. No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta. Aquella vez en Nueva York yo creo que abrí la puerta con mi música, hasta que tuve que parar y entonces el maldito me la cerró en la cara nada más que porque no he rezado nunca, porque no le voy a rezar nunca, porque no quiero saber nada con ese portero de librea, ese abridor de puertas a cambio de una propina, ese… (268-71)
[La muerte de Johnny] coincidió con la aparición de la segunda edición de mi libro, pero por suerte tuve tiempo de incorporar una nota necrológica redactada a toda máquina […]. En esa forma la biografía quedó, por decirlo así, completa. Quizá no esté bien que yo diga esto, pero como es natural me sitúo en un plano meramente estético. Ya hablan de una nueva traducción, creo que al sueco o al noruego. Mi mujer está encantada con la noticia. (274)