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Penning the Dictator (3)

Marta Traba, Conversación al sur (1981)

Luisa Valenzuela, Cambio de armas (1982)

 

Some Tripos questions to consider for this topic:

 

1.     “Dictators and writers operate within the field of language. This is the reason for writers’ continued fascination with the subject of dictatorship.” Discuss with reference to AT LEAST TWO works.

 

2.     “The horror of dictatorship will always outstrip the writer’s ability to symbolize it.” Discuss.

 

3.     Examine the importance of TWO OR THREE of the following in AT LEAST TWO texts dealing with dictatorship:
                  (a) writing and/or dictation;                          (b) self-referentiality;
                  (c) sexuality and gender roles;                     (d) myth;
                  (e) exile and marginality.

4.     “La nueva novela de la dictadura combina su crítica del abuso del poder con una crítica del machismo de las sociedades latinoamericanas.” Discuss with reference to the work of TWO OR MORE novelists or short-story writers.

 

 

 

Bibliography for Penning the Dictator 3

 

Primary Texts:

 

Traba, Marta. Conversación al sur. La creación literaria. México: Siglo XXI Editores, 1981.

Valenzuela, Luisa. Cambio de armas. #108. Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1982.

 

 

Bibliography of Secondary Sources:

 

Skim these lists and be extremely selective. You will not want to consult more than a few of these (titles you may find interesting), but they should give you an idea of what has been written on these writers. [Recently published journals can be found in the pigeon-holes in the West Room; those published more than about two or three years ago are bound and shelved under P or L numbers. Pigeon-holes and classmarks can be found on the computer catalogue ‘Union List of Serials’.]

 

1. Secondary literature on Traba

 

Chevigny, Bell. ‘Ambushing the Will to Ignorance: Elvira Orphée’s La última conquista del ángel and Marta Traba’s Conversación al sur’. El cono sur: Dinámica y dimensiones de su literature. Ed. Rose S. Minc. Upper Montclair, NJ: Montclair State College, 1985. 98‑104.

García Pinto, Magdalena. Historias íntimas: Conversaciones con diez escritoras latinoamericanas. Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1988. 286pp. Interviews with: Sylvia Molloy, Marta Traba, Luisa Valenzuela, etc.

——. ‘Marta Traba (Entrevista)’. Hispamérica [Takoma Park, Md.] 13.38 (1984): 37‑46.

González and Ortega: Patricia Elena González, and Eliana Ortega, eds. La sartén por el mango: Encuentro de escritoras latinoamericanas. 2nd ed. Colección: La nave y el puerto. Río Piedras, Puerto Rico: Ediciones Huracán, 1984; rpt 1985. 173pp.

* Hart, Stephen M. White Ink: Essays on Twentieth-Century Feminine Fiction in Spain and Latin America. Colección Támesis #156. London: Támesis Books, 1993. (Contains good chapter on Conversación al sur.)

Kaminsky, Amy. Reading the Body Politic: Feminist Criticism and Latin American Women Writers. Minnesota: University of Minnesota Press, 1993. (Contains some brief discussion of Traba and Valenzuela, but good for outlining issues and for theoretical approach.)

Kantaris, Elia Geoffrey. The Subversive Psyche: Contemporary Women’s Narrative from Argentina and Uruguay. Oxford Hispanic Studies. Oxford: Clarendon Press, OUP, 1995. (Includes Chapter on Conversación al sur and En cualquier lugar.)

* ——. ‘The Politics of Desire: Alienation and Identity in the Work of Marta Traba and Cristina Peri Rossi’. Forum for Modern Language Studies [St Andrews] 25.3 (July 1989): 248‑64. Also available on: http://www.cus.cam.ac.uk/~egk10/notes/Peri-frame.htm

——. ‘The Silent Zone: Marta Traba’. The Modern Language Review [London] 87.1 (January 1992): 86‑101.

Picon Garfield, Evelyn. Women’s Voices from Latin America: Interviews with Six Contemporary Authors. Detroit: Wayne State University Press, 1985. 188pp. Contains interviews with Traba, Valenzuela, plus others.

Poniatowska, Elena. ‘Marta Traba o el salto al vacío’. Revista Iberoamericana [Pittsburgh] 51.132‑33 (Julio‑Dic 1985): 883‑97.

Solá, María. ‘Conversación al sur, novela para no olvidar’. Sin nombre [San Juan, Puerto Rico] 12.4 (julio‑septiembre 1982): 64‑71. (On Marta Traba.)

 

 

2. Secondary literature on Valenzuela

 

Araújo, Helena. La Scherezada Criolla: Ensayos sobre escritura femenina latinoamericana. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1989. 258pp. (Contains very short chapter on Cambio de armas.)

Condé and Hart: Lisa P. Condé and S.M. Hart, eds. Feminist Readings on Spanish and Latin‑American Literature. The Edwin Mellen Press, 1991. 216pp.

García Pinto, Magdalena. Historias íntimas: Conversaciones con diez escritoras latinoamericanas. Hanover, NH: Ediciones del Norte, 1988. 286pp. Interviews with: Marta Traba, Luisa Valenzuela, etc.

Hart, Stephen M. ‘The Political Unconscious: From Luisa Valenzuela to Rosario Castellanos’. The Other Scene: psychoanalytic readings in modern Spanish and Latin‑American literature. Boulder, Colorado: Society of Spanish and Spanish‑American Studies, 1991. 72‑85. (On Cambio de armas.)

Lagos Pope, María Inés. ‘Mujer y política en Cambio de armas de Luisa Valenzuela’. Hispamérica [Takoma Park, MD] 16.46‑47 (abril‑agosto 1987): 71‑83.

Magnarelli, Sharon. ‘Framing Power in Luisa Valenzuela’s Cola de lagartija and Isabel Allende’s Casa de los espíritus’. In Lucía Guerra Cunningham, ed., Splintering Darkness: Latin American Women Writers in Search of Themselves. Explorations. Pittsburgh: Latin American Literary Review Press, 1990. 43-62.

——. ‘Luisa Valenzuela’s Cambio de armas: Subversion and Narrative Weaponry’. Romance Quarterly [Kentucky] 34.1 (February 1987): 85‑94.

Martin, Gerald. Journeys through the Labyrinth: Latin American Fiction in the Twentieth Century. London: Verso, 1989. 424pp. (Contains good general introduction to Valenzuela.)

Martínez, Z. Nelly. ‘Entre el absimo y la medusa: Cola de lagartija de Luisa Valenzuela’. In Erro-Orthmann and Cruz Mendizabal. La escritora hispánica. Colección Polymita. Miami: Ediciones Universales, 1990. (UL 743.13.c.95.170)

Ordóñez, Montserrat. ‘Máscara de espejos: un juego especular; entrevista-asociaciones con la escritora argentina Lusia Valenzuela’. Revista Iberoamericana 51.132‑33 (Julio‑Dic 1985): 511‑19. (Interview.)

Paley Francescato, Martha. Cola de lagartija [Valenzuela]: látigo de la palabra y la Triple P’. Revista Iberoamericana [Pittsburgh] 51.132‑33 (Julio‑Dic 1985): 875‑82.

Picon Garfield, Evelyn. Women’s Voices from Latin America: Interviews with Six Contemporary Authors. Detroit: Wayne State University Press, 1985. 188pp. Contains interviews with Traba, Valenzuela, plus others.

Rubio, Patricia. ‘Fragmentation in Luisa Valenzuela’s Narrative’. Salmagundi [New York] 82‑83 (spring‑summer 1989): 287‑96. (The Writer in Latin America.)

 


                                                                       Some Quotations from Conversación al sur (1981)

 


32: Todavía aquel día jugábamos a vigilantes y ladrones. Un juego bonito, inofensivo, para animar un poco la suiza del sur, ¿viste?

 

33: Lo que me pregunto es: ¿en qué momento se flaqueó? ¿En qué momento se dejó de pensar que dos muertos eran muchísimos muertos, o que cien, una matanza? Este punto es exactamente lo que me atormenta. Porque si ese cambio puede llegar a producirse, ya no hay ninguna distancia entre la vida y la muerte. Simplemente están juntas. Simplemente son lo mismo.

 

45: Como si le hubieran dado cuerda, Dolores seguía diciendo que se consideraba bien librada porque únicamente la habían hecho abortar a patadas en cambio de torturarla. Entonces, ¿eso no era tortura? ¡Pero qué te pasa! Eso es que se les fue la mano, no más, a los hijos de puta. Tortura es otra cosa, no te hagas la distraída. De pronto se puso a clasificar las torturas como si hablara de especies vegetales. Habría sido una conversación impensable en otro tiempo. No lo sé, hace rato que aquí todo ha cambiado. Mientras fumamos un cigarrillo o tomamos un café es posible comentar que a alguien le han hecho tragar sus excrementos o beber su orina; todo el mundo permanece impávido, a nadie se le ocurriría comenzar a aullar o tirarse por la ventana. Esas cosas pueden ocurrir, continuaba Dolores, lo importante es sobrevivir […]

 

46: Salimos de una para meternos en otra. No conversamos, excavamos. ¡Si al menos supiera lo que estamos buscando!

 

48: Me di cuenta en ese momento que estaba equivocada de medio a medio. Algo había cambia­do de manera radical y comenzaba a percibirlo. Fuera quien fuera, yo no existía para ellos. Mejor dicho; ellos decretaban quién podía existir y quién no. […] Cuando le dije, calma­damente, que me diera permiso para hablar con el embajador del Perú, creo que esperaba su respuesta. Abrió la boca en redondo y dijo deletreando: —El embajador que se vaya a la puta que lo parió. —Y cuando lo dijo, sentí que las cosas se recomponían dentro de una nueva lógica,

 

53: Y me dan ganas de abrazarte de pensar que con todo y eso saliste poeta, que fuiste capaz de inventar palabras y patéticos y misteriosos paisajes, y arrastrarlos por el desierto diario sin que se calcinaran. Me gustaría decirte estas cosas más íntimas, pero tantos años de educación cívica también me han castrado, no es cierto lo que se dice de mi libertad y de mi esto y aquello. De modo que me callo esta explosión de amor y te sirvo el café, discreta­mente, sin gotear, como me enseñaron, fíjate, he podido hasta dominar el temblor en las manos.

 

63: De pronto se me acerca una chica con una gorrita encasquetada, que dice: argentina, campeón. Y la que va con ella, ¿no tiene una lata redonda con la bandera? Comienzo a fijarme en los chiquilines; todos llevan banderitas, broches, camisetas, gorras, con corazón, campeón. Todos son campeones. —¿Te gusta el fútbol? —le pregunto a una piba que no ten­drá más de ocho años. —Qué asco —dice con una mueca impertinente—, pero somos campe­o­nes. —¿Campeones de qué? —le pregunto, solamente por molestar. Pero siento que se pro­duce un silencio. —Campeones de todo —me contesta una de las madres, la sonrisa tensa. El mejor fútbol, la mejor carne, la mejor educación. Pienso “va a decir el mejor gobierno”

 

70: De lo que sí estaba segura es que la conversación no le servía para escamotear el presente. Al contrario, resultaba una especie de entretela que lo sostenía y, sobre todo, lo hacía admisible. Que otros hubieran pasado por su infierno le permitía tolerarlo.

 

87: ¿Así que éstas eran las locas de Plaza de Mayo? Increíble tal cantidad de mujeres y tanto silencio [...] Ni un carro celular, ni un policía, ni un camión del ejército en el horizonte. [...] Fue cuando advirtió la ausencia de los granaderos que la operación del enemigo se le hizo horriblemente transparente: se borraba del mapa la Plaza de Mayo durante las dos o tres horas de las habituales manifestaciones de los jueves.

 

89: [E]sa cosa que no puedo explicarte, Dolores. ¿Qué te diría? [...] ¿Eso no te dice nada, verdad? [...] no te sé decir qué [...] ¿Qué digo? No sé si fue así. Trato, ¿ves? no puedo.

 

90: No quiero ni acordarme de esa cara desfigurada, la boca abierta gritando y sobre todo la piel, esa piel delicada que aparecía manchada, amoratada. No levantaba la foto de Victoria sino que la apretaba con las dos manos contra el pecho, encorvándose; una vieja acosada por la muerte.

 

91: Miré a mi alrededor y comprendí a qué había vuelto a la plaza, había vuelto a ver cómo salían las ratas a la superficie cuando olían que pasaba el peligro. Ahora la plaza entera estaba ocupada por ratas tranquilas o apresuradas. Ratas y más ratas salían y entraban de las bocacalles. Miré hacia la catedral y vi las escalinatas llenas de ratas. ¿Pero eran realmente ratas?; ¿cobardes, apestosas, asquerosas ratas? ¿Como tales había que exterminarlas? Miré el chiquito que perseguía las palomas. Miré hacia la casa rosada, dos granaderos montaban guardia. entonces apoyé la nuca en el respaldo de hierro del banco y me puse a llorar, sin ruido, para que nadie se diera cuenta.

 

96: [L]e fue traspasando la idea, que ahora veía inocultable, de que todo ese amasijo san­gri­en­to de horror y pelos y uñas humanas era el espacio de su vida, un espacio propio; y que la ciega y sorda salvación posterior a la que se agarraba con todas sus fuerzas, carecería de dimensiones si pretendía ignorar aquellos sufrimientos inenarrables. Nada de expiación cristi­ana, ojo, pero sí el espacio que se ha dado, por las buenas o por las malas y que puede ser realmente in­men­so. Si se sabe habitarlo. Si se clarifica. ¿No tenía que situar ahí sus poemas?

 

115: ¿A quién se le ocurre hablar de poesía cuando en cada cuadra te para una patrulla para pedirte los documentos y a partir de ahí puede pasarte cualquier cosa?

 

116: Debí contarle a Irene todo esto, en cambio de rumiarlo como una idiota. Sigo sin poder hablar, musitando monosílabos. Andrés y Victoria decían que cuanto menos se hablara, mejor. Total, una generación de mudos. Irene y Luisa; ni siquiera a Victoria me atreví a contarle cómo caí bajo su seducción. ¿Cómo decirle que Luisa, paseando por el cementerio o Irene, repitiendo en la sala vacía de Montevideo el cabaret que al final no se dio nunca, son mis cuentos de hadas, mis apariciones nocturnas, la pasión entrelíneas que calienta los versos que escribo y también la sospecha, sin arreglo posible, de que me tocó la peor tajada del mundo?

 

157: A este límite hemos llegado, entonces; a pasar meses y años reclamando cuerpos como quien reclama maletas perdidas. Peor aún, porque nadie da razón de un cadáver perdido, o entrega, para sacarse de encima al enloquecido pariente, un cajoncito con cualquier cosa adentro.

 

164: [L]o único decisivo era ir explicando sus sentimientos confusos [...] para llegar hasta la pregunta clave; ¿cómo se hace para vivir con este fardo de desdichas? ¿O cómo hacer para arrancárselo, aunque fuera a pedazos, como vendajes sangrientos, pero con la esperanza de librarse de él y quedar a salvo?

 

170: La mujer pensó que se salvaría de ese pánico enloquecido si lograba percibir algo dentro de su cuerpo, pero por más atención que puso en oírse, no escuchó ni el más leve rumor de vísceras, ni un latido. En ese silencio absoluto, el otro ruido, nítido, despiadado, fue creciendo y, finalmente, las cercó.


                                                                               Some Quotations from Cambio de armas (1982)

 


Cuarta versión

 

3: Hay cantidad de páginas escritas, una historia que nunca puede ser narrada por demasiado real, asfixiante. Agobiadora. Leo y releo estas páginas sueltas y a veces el azar reconstruye el orden. Me topo con múltiples principios. Los estudio, descarto y recupero y trato de ubicarlos en el sitio adecuado en un furioso intento de rearmar el rompecabezas. De estampar en alguna parte la memoria congelada de los hechos para que esta cadena de acontecimientos no se olvide ni repita.

 

10: ¿Con sueños dentro del sueño, con ensoñaciones en las que imágenes del amor podían ser intercambiadas por imágenes del miedo?

 

15: [Pedro:] —No entiendo por qué anda suelta una mujer tan encantadora.

[Bella:]  —Porque soy una bestia solitaria y voraz. Arff. Devoradora, depredadora. ¿Acaso no te diste cuenta? ¿No te da miedo?

            —¿Cómo no me va a dar miedo? ¿No ves que me quedo en la seguridad de mi mujercita rubia? Entre Gretel y la bruja uno siempre va a optar por Gretel ¡pero qué fascinación tiene la bruja!

 

21: Lo que más me preocupa de esta historia es aquello que se está escamoteando, lo que no logra ser narrado. ¿Una forma del pudor, de la promesa? Lo escamoteado no es el sexo, no es el deseo como suele ocurrir en otros casos. Aquí se trata de algo que hierve con vida propia, hormigueando por los pisos altos y los subsuelos de la residencia. Los asilados políticos. […] y la hoja está desgarrada en este punto y nunca sabremos […] qué se despierta en los remotos rincones de Bella. Porque ésta parece ser la historia de lo que no se dice.

 

21: Páginas y páginas recopiladas anteriormente, rearmadas, descartadas, primera, segunda, tercera, cuarta versión de hechos en un desesperado intento de aclarar la situación.

 

26: No entiendo por qué la información crucial ha sido omitida en la relación de este encuentro clave.

 

38: [Pedro:] —Conozco una sola cosa concreta en esta vida. Ven que te hago una demostración.

            Por lo tanto de nuevo en el dormitorio principal, sobre el gran mueble que ya conocemos, dedicándose una vez más a la sabia actividad que ya sabemos. Como un golpe de borrador de felpa, suave, suave, sobre el negro pizarrón de la memoria. Sólo que la tiza ha rayado por demás, y si bien por un rato puede hacerse desaparecer el blanco de las letras queda para siempre la inscripción más profunda.

 

41: Mi cuerpo será, si vuelvo. Este que aquí toco, tan al alcance de mi mano. Cuando le arranquen un pedazo será entero mi cuerpo. En cada mutilado pedacito de mí misma seré yo.

 

63: Bella comenzó su lentísima caída y Pedro no encontró fuerzas para sostenerla, sólo pudo abrazarla e irla acompañando hacia abajo. Y con la boca pegada a su oído empezó a narrarle esta precisa historia:

            —Cuando mi tío Ramón conoció a una actriz llamada Bella….

 

 

De noche soy tu caballo

 

107: Desde la otra punta del hilo una voz que pensé podría ser la de Andrés —del que llamamos Andrés— empezó a decirme:

            —Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el río cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicóptero. Está muy hinchado y descompuesto después de seis días en el agua, pero casi seguro es él.

            —¡No, no puede ser Beto! —grité con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrés se mi hizo tan impersonal, ajena:

            —¿Te parece?

            —¿Quién habla? —se me ocurrió preguntar sólo entonces. Pero en ese momento colgaron.

            ¿Diez, quince minutos? ¿Cuánto tiempo me habré quedado mirando el teléfono como estúpida hasta que cayó la policía?

 

 

Cambio de armas

 

Las palabras

 

113: No le asombra para nada el hecho de estar sin memoria, de sentirse totalmente desnuda de recuerdos.

 

113: Después está el hombre: ése, él, el sinnombre al que le puede poner cualquier nombre que se le pase por la cabeza, total, todos son igualmente eficaces y el tipo, cuando anda por la casa le contesta aunque lo llame Hugo, Sebastián, Ignacio, Alfredo o lo que sea.

 

114: Y después están los objetos cotidianos: esos llamados plato, baño, libro, cama, taza, mesa, puerta. Resulta desesperante, por ejemplo, enfrentarse con la llamada puerta y preguntarse qué hacer. […] Ella, la llamada Laura, de este lado de la llamada puerta, con sus llamados cerrojos y su llamada llave pidiéndole a gritos que transgreda el límite.

 

Los nombres

 

117: Algo está alerta detrás del dejarse estar, algo agazapado dispuesto a saltar ante el más mínimo temblor de la voz de ella al pronunciar un nombre. Pero la voz es monocorde, no delata emoción alguna, no vacila. Como si estuviera recitando una letanía: José, Francisco, Adolfo, Armando, Eduardo […]

 

119: esa larga, inexplicable cicatriz que le cruza la espalda y que sólo alcanza a ver en el espejo. Una cicatriz espesa, muy notable al tacto, como fresca aunque ya esté bien cerrada y no le duela.

 

Los espejos

 

122: Se trata de una multiplicación inexplicable, multiplicación de ella misma en los espejos y multiplicación de espejos —la más desconcertante—. El último en aparecer fue el del techo, sobre la gran cama, y él la obliga a mirarlo y por ende a mirarse, boca arriba, con las piernas abiertas.

 

123: todo un estremecimiento deleitoso, tan al borde del dolor justo cuando la lengua de él alcanza el centro del placer, un estremecimiento que ella quisiera hacer durar apretando bien los párpados y entonces él grita

            ¡Abrí los ojos, puta!

y es como si la destrozara, como si la mordiera por dentro —y quizá la mordió— ese grito como si él le estuviera retorciendo el brazo hasta rompérselo, como si le estuviera pateando la cabeza. Abrí los ojos, cantá, decime quién te manda, quién dio la orden, y ella grita un no tan intenso, tan profundo que no resuena para nada en el ámbito donde se encuentran y él no alcanza a oírlo, un no que parece hacer estallar el espejo del techo, que multiplica y mutila y destroza la imagen de él, casi como un balazo

 

La ventana

 

125: Es ésta su única forma de saberse viva: cuando la mano de él la acaricia o su voz la conmina: movete, puta. Decime que sos una perra, una arrastrada. Decime cómo te cogen los otros ¿así te cogen? Contame cómo.

 

El pozo

 

129: Los momentos de hacer el amor con él son los únicos que en realidad le pertenecen. Son verdaderamente suyos, de la llamada Laura, de este cuerpo que está acá —que toca— y que la configura a ella, toda ella.

 

130: Las paredes del pozo a veces resuenan y no importa lo que intentan decirle aunque de vez en cuando ella parece recibir un mensaje —un latigazo— y siente como si le estuvieran quemando la planta de los pies y de golpe recupera la superficie de sí misma, el mensaje es demasiado fuerte para poder soportarlo

 

131: —Mirá que bonito— le va diciendo él […]. Y ella que no sabe de esas cosas, que ha olvidado los caballos —si es que alguna vez los conoció de cerca— ella se pone a gritar desesperada, a aullar como si fueran a destriparla o a violarla con ese mismo cabo del talero.

 

La revelación

 

144: y él insistiendo fui yo, yo solo, ni los dejé que te tocaran, yo solo, ahí con vos, lastimándote, deshaciéndote, maltratándote para quebrarte como se quiebra un caballo, para romperte la voluntad, transformarte, y ella que ahora pasa suavemente la yema de los dedos por la gotita, como si nada, como si en otra cosa, y él insistiendo eras mía, toda mía porque habías intentado matarme […] ya te iba a obligar yo a quererme, a depender de mí como una recién nacida

 

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