32: Todavía aquel día jugábamos a vigilantes y ladrones. Un juego bonito, inofensivo, para animar un poco la suiza del sur, ¿viste?
33: Lo que me pregunto es: ¿en qué momento se flaqueó? ¿En qué momento se dejó de pensar que dos muertos eran muchísimos muertos, o que cien, una matanza? Este punto es exactamente lo que me atormenta. Porque si ese cambio puede llegar a producirse, ya no hay ninguna distancia entre la vida y la muerte. Simplemente están juntas. Simplemente son lo mismo.
45: Como si le hubieran dado cuerda, Dolores seguía diciendo que se consideraba bien librada porque únicamente la habían hecho abortar a patadas en cambio de torturarla. Entonces, ¿eso no era tortura? ¡Pero qué te pasa! Eso es que se les fue la mano, no más, a los hijos de puta. Tortura es otra cosa, no te hagas la distraída. De pronto se puso a clasificar las torturas como si hablara de especies vegetales. Habría sido una conversación impensable en otro tiempo. No lo sé, hace rato que aquí todo ha cambiado. Mientras fumamos un cigarrillo o tomamos un café es posible comentar que a alguien le han hecho tragar sus excrementos o beber su orina; todo el mundo permanece impávido, a nadie se le ocurriría comenzar a aullar o tirarse por la ventana. Esas cosas pueden ocurrir, continuaba Dolores, lo importante es sobrevivir […]
46: Salimos de una para meternos en otra. No conversamos, excavamos. ¡Si al menos supiera lo que estamos buscando!
48: Me di cuenta en ese momento que estaba equivocada de medio a medio. Algo había cambiado de manera radical y comenzaba a percibirlo. Fuera quien fuera, yo no existía para ellos. Mejor dicho; ellos decretaban quién podía existir y quién no. […] Cuando le dije, calmadamente, que me diera permiso para hablar con el embajador del Perú, creo que esperaba su respuesta. Abrió la boca en redondo y dijo deletreando: --El embajador que se vaya a la puta que lo parió. --Y cuando lo dijo, sentí que las cosas se recomponían dentro de una nueva lógica,
53: Y me dan ganas de abrazarte de pensar que con todo y eso saliste poeta, que fuiste capaz de inventar palabras y patéticos y misteriosos paisajes, y arrastrarlos por el desierto diario sin que se calcinaran. Me gustaría decirte estas cosas más íntimas, pero tantos años de educación cívica también me han castrado, no es cierto lo que se dice de mi libertad y de mi esto y aquello. De modo que me callo esta explosión de amor y te sirvo el café, discretamente, sin gotear, como me enseñaron, fíjate, he podido hasta dominar el temblor en las manos.
63: De pronto se me acerca una chica con una gorrita encasquetada, que dice: argentina, campeón. Y la que va con ella, ¿no tiene una lata redonda con la bandera? Comienzo a fijarme en los chiquilines; todos llevan banderitas, broches, camisetas, gorras, con corazón, campeón. Todos son campeones. --¿Te gusta el fútbol? --le pregunto a una piba que no tendrá más de ocho años. --Qué asco --dice con una mueca impertinente--, pero somos campeones. --¿Campeones de qué? --le pregunto, solamente por molestar. Pero siento que se produce un silencio. --Campeones de todo --me contesta una de las madres, la sonrisa tensa. El mejor fútbol, la mejor carne, la mejor educación. Pienso "va a decir el mejor gobierno"
70: De lo que sí estaba segura es que la conversación no le servía para escamotear el presente. Al contrario, resultaba una especie de entretela que lo sostenía y, sobre todo, lo hacía admisible. Que otros hubieran pasado por su infierno le permitía tolerarlo.
87: ¿Así que éstas eran las locas de Plaza de Mayo? Increíble tal cantidad de mujeres y tanto silencio [...] Ni un carro celular, ni un policía, ni un camión del ejército en el horizonte. [...] Fue cuando advirtió la ausencia de los granaderos que la operación del enemigo se le hizo horriblemente transparente: se borraba del mapa la Plaza de Mayo durante las dos o tres horas de las habituales manifestaciones de los jueves.
89: [E]sa cosa que no puedo explicarte, Dolores. ¿Qué te diría? [...] ¿Eso no te dice nada, verdad? [...] no te sé decir qué [...] ¿Qué digo? No sé si fue así. Trato, ¿ves? no puedo.
90: No quiero ni acordarme de esa cara desfigurada, la boca abierta gritando y sobre todo la piel, esa piel delicada que aparecía manchada, amoratada. No levantaba la foto de Victoria sino que la apretaba con las dos manos contra el pecho, encorvándose; una vieja acosada por la muerte.
91: Miré a mi alrededor y comprendí a qué había vuelto a la plaza, había vuelto a ver cómo salían las ratas a la superficie cuando olían que pasaba el peligro. Ahora la plaza entera estaba ocupada por ratas tranquilas o apresuradas. Ratas y más ratas salían y entraban de las bocacalles. Miré hacia la catedral y vi las escalinatas llenas de ratas. ¿Pero eran realmente ratas?; ¿cobardes, apestosas, asquerosas ratas? ¿Como tales había que exterminarlas? Miré el chiquito que perseguía las palomas. Miré hacia la casa rosada, dos granaderos montaban guardia. entonces apoyé la nuca en el respaldo de hierro del banco y me puse a llorar, sin ruido, para que nadie se diera cuenta.
96: [L]e fue traspasando la idea, que ahora veía inocultable, de que todo ese amasijo sangriento de horror y pelos y uñas humanas era el espacio de su vida, un espacio propio; y que la ciega y sorda salvación posterior a la que se agarraba con todas sus fuerzas, carecería de dimensiones si pretendía ignorar aquellos sufrimientos inenarrables. Nada de expiación cristiana, ojo, pero sí el espacio que se ha dado, por las buenas o por las malas y que puede ser realmente inmenso. Si se sabe habitarlo. Si se clarifica. ¿No tenía que situar ahí sus poemas?
115: ¿A quién se le ocurre hablar de poesía cuando en cada cuadra te para una patrulla para pedirte los documentos y a partir de ahí puede pasarte cualquier cosa?
116: Debí contarle a Irene todo esto, en cambio de rumiarlo como una idiota. Sigo sin poder hablar, musitando monosílabos. Andrés y Victoria decían que cuanto menos se hablara, mejor. Total, una generación de mudos. Irene y Luisa; ni siquiera a Victoria me atreví a contarle cómo caí bajo su seducción. ¿Cómo decirle que Luisa, paseando por el cementerio o Irene, repitiendo en la sala vacía de Montevideo el cabaret que al final no se dio nunca, son mis cuentos de hadas, mis apariciones nocturnas, la pasión entrelíneas que calienta los versos que escribo y también la sospecha, sin arreglo posible, de que me tocó la peor tajada del mundo?
157: A este límite hemos llegado, entonces; a pasar meses y años reclamando cuerpos como quien reclama maletas perdidas. Peor aún, porque nadie da razón de un cadáver perdido, o entrega, para sacarse de encima al enloquecido pariente, un cajoncito con cualquier cosa adentro.
164: [L]o único decisivo era ir explicando sus sentimientos confusos [...] para llegar hasta la pregunta clave; ¿cómo se hace para vivir con este fardo de desdichas? ¿O cómo hacer para arrancárselo, aunque fuera a pedazos, como vendajes sangrientos, pero con la esperanza de librarse de él y quedar a salvo?
170: La mujer pensó que se salvaría de ese
pánico enloquecido si lograba percibir algo dentro de su cuerpo, pero
por más atención que puso en oírse, no escuchó ni el más leve rumor
de vísceras, ni un latido. En ese silencio absoluto, el otro ruido,
nítido, despiadado, fue creciendo y, finalmente, las cercó.