Some Quotations from Isabel Allende, Eva Luna (Barcelona: Plaza & Janés, 1987)
Capítulo I:
—Ésa es la Santísima Virgen María —le explicaron [a Consuelo].
—¿Ella es Dios?
—No, es la madre de Dios.
—Sí, pero, ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?
—Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine —le aconsejaban. (13)
Esa inesperada erección consiguió conmover su corazón de virgen madura y cuando él la tomó de un brazo y la miró suplicante, ella comprendió que había llegado el momento de justificar su nombre y consolarlo de tanta desgracia. [… E]n sus treinta y tantos años de existencia no había conocido el placer y no lo buscó, convencida de que era un asunto reservado a los protagonistas del cine. Resolvió darse ese gusto y de paso ofrecérselo también al enfermo […] Susurrándole palabras recién inventadas y secándole el sudor con un paño se deslizó hasta el sitio preciso […] (22-23)
Mi madre era una persona silenciosa, capaz de disimularse entre los muebles, de perderse en el dibujo de la alfombra, de no hacer el menor alboroto, como si no existiera; sin embargo, en la intimidad de la habitación que compartíamos se transformaba. Comenzaba a hablar del pasado o a narrar sus cuentos y el cuarto se llenaba de luz, desaparecían los muros para dar paso a increíbles paisajes, palacios abarrotados de objetos nunca vistos, países lejanos inventados por ella [ . . . ] (25)
Capítulo II: A menudo, cuando Lukas Carlé se sentaba a comer, sus piernas tocaban a sus hijos bajo la mesa, mudos, quietos, tomados de la mano, aislados en ese refugio, donde los sonidos, los olores y las presencias ajenas llegaban amortiguados por la ilusión de hallarse bajo el agua. (42)
Capítulo III: Elvira se portó conmigo como una verdadera abuela. Con ella aprendí a canjear palabras por otros bienes y he tenido mucha suerte, porque siempre encontré alguien dispuesto a esa transacción. (68)
Cambiaron petróleo por teléfonos en forma de cañones, de conchas marinas, de odaliscas; importaron tanto plástico que las carreteras acabaron orilladas de una basura indestructible; por avión llegaban diariamente los huevos para el desayuno de la nación [ . . . ]. (73)
Capítulo V: [La Materia Universal:] La porcelana fría es una tentación peligrosa, pues una vez dominados sus secretos nada impide al artesano copiar todo lo imaginable hasta construir un mundo de mentira y perderse en él. (101)
[L]a única explicación de Melecio fue que llevaba una mujer por dentro y no podía habituarse a ese aspecto de hombre en el cual estaba aprisionado como en una camisa de fuerza. Nunca dijo otra cosa y más tarde, cuando los psiquiatras le desmenuzaron el cerebro a preguntas, siempre contestó igual; no soy marica, soy mujer, este cuerpo es un error. (113)
[C]uando Melecio [=Mimí] hacía su entrada envuelto en plumas, tocado con su peluca de cortesana y cantando en francés reinaba un silencio de misa en la sala. No lo silbaban ni lo ofendían con chirigotas como a la comparsa, porque aun el más insensible de los clientes percibía su calidad. Durante esas horas en el cabaret, se convertía en la estrella deseada y admirada, rutilante bajo los focos, centro de todas las miradas, allí cumplía su sueño de ser mujer. (120)
Capítulo VI: Cuando pude leer de corrido, [Riad Halabí] me trajo novelas románticas, todos del mismo estilo: secretaria de labios túrgidos, senos mórbidos y ojos cándidos conoce a ejecutivo de músculos de bronce, sienes de plata y ojos de acero, ella es siempre virgen [ . . . ] Un día la maestra Inés le habló a Riad Halabí de Las mil y una noches y en su siguiente viaje él me lo trajo de regalo, cuatro grandes libros empastados en cuero rojo en los cuales me sumergí hasta perder de vista los contornos de la realidad. El erotismo y la fantasía entraron en mi vida con la fuerza de un tifón, rompiendo todos los límites posibles y poniendo patas arriba el orden conocido de las cosas. (141)
Otras veces [Riad] se cubría media cara con un trapo de cocina, imitando un velo de odalisca y bailaba para mí, torpemente, los brazos alzados y la barriga girando enloquecida. (142)
Capítulo VII: El triunfo de la Revolución Cubana había hecho estallar un incendio de ilusiones en todo el continente. Por allá había hombres cambiando el orden de la vida y sus voces llegaban por el aire sembrando palabras magníficas. Por ahí andaba el Ché [ . . . ] (165)
Lo acosaba [a Humberto Naranjo] un deseo apremiante de sentir el contacto de otra persona, acariciar a alguien [ . . . ] pero allí todos eran hombres, no se tocaban jamás, cada uno encerrado en su propio cuerpo, en su pasado, en sus miedos e ilusiones. (169)
Capítulo VIII: Entonces dejé de examinarme en el espejo para compararme con la mujeres perfectas del cine y las revistas y decidí que era bella por la simple razón de que tenía ganas de serlo. No le di un segundo pensamiento a ese asunto. (172)
[Al escribir:] Sospechaba que nada existía verdaderamente, la realidad era una materia imprecisa y gelatinosa que mis sentidos captaban a medias. [ . . . Y]o podía tomar esa gelatina y moldearla para crear lo que deseara, no una parodia de la realidad [ . . . ] sino un mundo propio, poblado de personajes vivos, donde yo imponía las normas y las cambiaba a mi antojo. (173)
Capítulo IX: Para Naranjo y otros como él, el pueblo parecía compuesto sólo de hombres; nosotras debíamos contribuir a la lucha, pero estábamos excluidas de las decisiones y del poder. Su revolución no cambiaría en esencia mi suerte, en cualquier circunstancia yo tendría que seguir abriéndome paso por mí misma hasta el último de mis días. (214)
Capítulo X: Sobre la mesa crecía un cerro de páginas salpicadas de anotaciones, correcciones, jeroglíficos y manchas de café [ . . . ], no sabía hacia dónde iba ni cuál sería el desenlace, si es que lo había. Sospechaba que el final llegaría sólo con mi propia muerte y me atrajo la idea de ser yo también uno más de la historio y tener el poder de determinar mi fin o inventarme una vida. (231)
Capítulo XI: «Había entrado hasta el fondo en su propio cuento y ya no podía recoger sus palabras, pero tampoco quiso hacerlo y se abandonó al placer de fundirse con él en la mima historia...» (258)
Entonces vi que tenía los pantalones manchados con una aureola rojiza y eso me sorprendió, hacía muchos años que no me ocurría, casi lo había olvidado. Sonreí contenta, porque supe que no volvería a soñar con Zulema y que mi cuerpo había superado el miedo al amor. (262)
[Mimí:] —¿Qué es esto?
[Eva:] —Tu dote de matrimonio. Para que las vendas y te operes en Los Ángeles y puedas casarte. [ . . . ]
—No las venderé, Eva, voy a usarlas. La operación es una barbaridad. (266)
Yo escribía cada día un nuevo episodio, inmersa por completo en el mundo que creaba con el poder omnímodo de las palabras, transformada en un ser disperso, reproducida hasta el infinito, viendo mi propio reflejo en múltiples espejos, viviendo innumerables vidas, hablando con muchas voces. (273)
Final: [Rolf s]e acercó a grandes pasos y procedió a besarme tal como ocurre en las novelas románticas, tal como yo esperaba que lo hiciera desde hacía un siglo y tal como estaba describiendo momentos antes el encuentro de mis protagonistas en Bolero. [ . . . ] Aquella noche y todas las noches siguientes retozamos con un ardor interminable hasta que las maderas de la casa adquirieron el brillo refulgente del oro.
Y después nos amamos simplemente por un tiempo prudente, hasta que el amor se fue desgastando y se deshizo en hilachas.
O tal vez las cosas no ocurrieron así. Tal vez tuvimos la suerte de tropezar con un amor excepcional y yo no tuve necesidad de inventarlo, sino sólo vestirlo de gala para que perdurara en la memoria, de acuerdo al principio de que es posible construir la realidad a la medida de las propias apetencias. Exageré un poco, diciendo por ejemplo, que nuestra luna de miel fue excesiva [ . . . ]. Escribí que durante esas semanas benditas, el tiempo se estiró, se enroscó en sí mismo, se dio vuelta como un pañuelo de mago y alcanzó para que [ . . . ] yo bailara la danza del vientre aprendida en la cocina de Riad Halabí y narrara, entre risas y sorbos de vino, muchos cuentos, incluyendo algunos con final feliz. (280-82)