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Selection of  the later poems of Alfonsina Storni

 


Ocre (1925)

 

PALABRAS A MI MADRE

 

No las grandes verdades yo te pregunto, que,

No las contestarás; solamente investigo

Si, cuando me gestaste, fue la luna testigo,

Por los oscuros patios en flor, paseándose.

 

Y si, cuando en tu seno de fervores latinos,

Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro

Te adormeció las noches, y miraste, en el oro

Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.

 

Porque mi alma es toda fantástica, viajera,

Y la envuelve una nube de locura ligera

Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.

 

Y gusta, si el mar abre sus fuertes pebeteros,

Arrullada en un claro cantar de marineros

Mirar las grandes aves que pasan sin destino.

 

 

LA VÍA LÁCTEA

 

Blanco polen de mundos, dulce leche del cielo,

¡Quién fuera una gigante mariposa divina

Para hundir la cabeza en aquella tu harina

Impalpable y libarte como a cosa del suelo!

 

Ya de nuevo en los ojos quema la primavera,

Mas mi pasión humana yace, roto el peciolo,

Y agotada mi alma está el mundo tan sólo

Que camino y retumban mis pasos en la esfera.

 

Y en las noches nevadas, cuando a pesar de quietos

Siento moverse arriba los blancos esqueletos

De las estrellas muertas, me acomete como uno

 

Deseo de los cielos, y no sé qué ofreciera

Porque sobre mi frente miserable cayera

Una gota tan sólo de la leche de Juno.

 

 

ODIO

 

Conozco tu secreto, cuerpo mío: tuviste

Una imagen latente en tu rojo ramaje:

Detrás de las pupilas, entre la carne triste,

La imagen realizaba su callado tatuaje:

 

Te penetró en el pecho con tan viva agudeza,

Que el corazón de cera, celoso de llevarla,

Para mejor ceñirla, para mejor guardarla,

Llegó a tomar la forma de la amada cabeza.

 

Si ya el amor es odio, y vergüenza, y despecho,

A riesgo de morirte, la arrancarás del pecho

Como Sansón, un día, volteara los pilares.

 

Y si quedaran rastros de sus dos ojos bellos

Te vaciarás los vasos sanguíneos y por ellos

Harás correr el agua salada de los mares.

 

 

ENCUENTRO

 

Lo encontré en una esquina de la calle Florida

Más pálido que nunca, distraído como antes,

Dos largos años hubo poseído mi vida...

Lo miré sin sorpresa, jugando con mis guantes.

 

Y una pregunta mía, estúpida, ligera,

De un reproche tranquilo llenó sus transparentes

Ojos, ya que le dije de liviana manera:

—¿Por qué tienes ahora amarillos los dientes?

 

Me abandonó. De prisa le vi cruzar la calle

Y con su manga oscura rozar el blanco talle

De alguna vagabunda que andaba por la vía.

 

Perseguí por un rato su sombrero que huía...

Después fue, ya lejana, una mancha de herrumbre.

Y lo engulló de nuevo la espesa muchedumbre.

 

 

UNA VEZ MAS

 

Es una boca más la que he besado.

¿Qué hallé en el fondo de tan dulce boca?

¿Que nada hay nuevo bajo el sol y es poca

La miel de un beso para haberlo dado?

 

Heme otra vez aquí, pomo vaciado.

Bajo este sol que mis espaldas toca

A la cordura, vanamente, invoca

Mi triste corazón desorbitado.

 

¿Una vez más?... Mi carne se estremece

Y un gran terror entre mis venas crece,

Pues alguien da mi nombre a los caminos

 

Y es su voz de hombre, cálida y temida.

Ay, quiero estarme quieta y soy movida

Hacia la sombra verde de los pinos.

 

 

INÚTIL SOY

 

Por seguir de las cosas el compás,

A veces quise, en este siglo activo,

Pensar, luchar, vivir con lo que vivo,

Ser en el mundo algún tornillo más.

 

Pero, atada al ensueño seductor,

De mi instinto volvía al oscuro pozo,

Pues, como algún insecto perezoso

Y voraz, yo nací para el amor.

 

Inútil soy, pesada, torpe, lenta,

Mi cuerpo, al sol, tendido, se alimenta

Y sólo vivo bien en el verano,

 

Cuando la selva huele y la enroscada

Serpiente duerme en tierra calcinada;

Y la fruta se baja hasta mi mano.

 

 

FEMENINA

 

Baudelaire: yo me acuerdo de tus Flores del mal

En que hablas de una horrible y perversa judía

Acaso como el cuerpo de las serpientes fría,

En lágrimas indocta, y en el daño genial.

 

Pero a su lado no eras tan pobre, Baudelaire:

De sus formas vendidas, y de su cabellera

Y de sus ondulantes caricias de pantera,

Hombre al cabo, lograbas un poco de placer.

 

Pero yo, femenina, Baudelaire, ¿qué me hago

De este hombre calmo y prieto como un gélido lago,

Oscuro de ambiciones y ebrio de vanidad,

 

En cuyo enjuto pecho salino no han podido

Ni mi cálido aliento, ni mi beso rendido,

Hacer brotar un poco de generosidad?

 

 

¿DE QUÉ ME QUEJO?

 

¿De qué me quejo? Es cierto que me bajé hasta el fondo

Del alma del que amaba, y lleno de sí mismo

Lo hallé, y al viento helado de su helado egoísmo

Dudé que el globo fuera, como dicen, redondo.

 

¿De qué me quejo? ¿Acaso porque el cuerpo, en su daño,

Afiebrado se arrastra en zig-zag por el suelo,

Y el monstruo pecho hinchado le impide alzar el vuelo,

Pues dentro el pulpo negro, crece, del desengaño?

 

¿De qué me quejo? ¡Gracias! Mantengo todavía

Vértebra sobre vértebra. Hacia la melodía

Mi fina red nerviosa, aun puede, con anhelo,

 

Tenderse, oír los dulces, inefables, sonidos,

En mis cuencas aún giran los ojos, sostenidos,

Y aunque pesados se alzan hacia tu luz, ¡oh cielo!

 

 

UNA VOZ

 

Voz escuchada a mis espaldas,

En algún viaje a las afueras,

Mientras caía de mis faldas

El diario abierto, ¿de quién eras?

 

Sonabas cálida y segura

Como de alguno que domina

Del hombre oscuro el alma oscura,

La clara carne femenina.

 

No me di vuelta a ver el hombre

En el deseo que me fuera

Su rostro anónimo, y pudiera

Su voz, ser música sin nombre.

 

¡Oh simpatía de la vida!

¡Oh comunión que me ha valido,

Por el encanto de un sonido

Ser, sin quererlo, poseída!

 

 

PALABRAS DE LA VIRGEN MODERNA

 

Dame tu cuerpo bello, joven de sangre pura,

No moderno en el arte de amar, como en la hora

Que fue clara la entrega, en mi boca demora

Tu boca, de otra boca negada a la dulzura.

 

Si tu sabiduría no me obliga a malicia,

Ni tu mente cristiana me despierta rubores.

Ni huellas de hetaíras enturbian tus amores

En mi franqueza blanca todo será delicia.

 

Y así como a la Eva, cuando, cándida y fiera,

Las verdades supremas le fueron reveladas,

Me quedará en las manos, a tu forma entregadas,

La embriagante dulzura de la fruta primera.

 

NATURALEZA MÍA

 

Naturaleza mía, la que fuera

Como pesada abeja en primavera,

Ociosa y hecha para siestas de oro,

Voraz, aletargable, mudadera.

 

Bajo las tardes cálidas, dormida

De amor, ya el nuevo amor te daba brida,

Y tú arrastrabas un pesado cuerpo,

Pesado por el zumo de la vida.

 

¿Qué hice de ti? Para enfrentar tus males

Sobre tus formas apreté sayales,

Y en flagelarte puse empeño tanto

Que hoy filosofas junto a los rosales.

 

Disminuida, atáxica, robada,

En tu pura pureza violada,

Miras te baten palmas los sensatos

Con tu ya blanca y última mirada.

 

 

Mundo de siete pozos (1934)

 

PALABRAS DEGOLLADAS

 

Palabras degolladas,

caídas de mis labios

sin nacer;

estranguladas vírgenes

sin sol posible;

pesadas de deseos,

henchidas...

 

Deformadoras de mi boca

en el impulso de asomar

y el pozo del vacío

al caer...

Desnatadoras de mi miel celeste,

apretada en vosotras

en coronas floridas.

 

Desangrada en vosotras

—no nacidas—

redes del más aquí y el más allá,

medias lunas,

peces descamados,

pájaros sin alas,

serpientes desvertebradas...

No perdones,

corazón.

 

 

EL CAZADOR DE PAISAJES

 

Levantado

sobre tus dos piernas,

como la torre

en la llanura,

tu cabeza perfecta

cazaba paisajes.

 

Ya el sol,

último pez del horizonte.

Ya las colinas,

pequeños senos

cubiertos de vello

dorado.

 

Ya las balumbas

de nubes

heroicas,

ocultadoras

de las trompetas

del trueno.

 

Sobre la máquina

voladora, ,

o rodante,

o la torre

de tu cuerpo,

trasponías horizontes

absorbiendo

racimos

de formas

y colores.

 

Adherida a tu velocidad,

como la hoja

a la rueda,

lancé tímidas flechas

a tus paisajes soberbios.

 

Y sólo

pequeños

rincones de formas

recogió mi corazón

adormecido.

 

 

VOZ

 

Te ataré

a los puños

como una llama,

dolor de servir

a cosas estultas.

Echaré a correr

con los puños en alto

por entre las casas

de los hombres.

Hemos dormido, todos,

demasiado.

Dormido

a plena luz

como las estrellas

a pleno día.

Dormido

con las lámparas

a medio encender;

enfriados

en el ardimiento solar;

contando el número

de vuestros cabellos,

viendo crecer

nuestras veinte

uñas.

¿Cuándo

los jardines del cielo

echarán raíces

en la carne de los hombres,

en la vida de los hombres,

en la casa de los hombres?

No hay que dormir,

hasta entonces.

Abiertos los párpados;

separados con los dedos,

si quieren ceder,

hasta enrojecerlos

por el cansancio,

como los círculos

lunares,

cuando la tormenta

quiere

desmembrar

el universo.

 

 

CONTRA VOZ

 

Entierra la pluma

antes de atarte a los puños

como una llama

el dolor de servir

a cosas estultas.

 

Por su punta,

como por los canales

que desagotan el río,

tu agua se desparrama

y muere en el llano.

 

La palabra arrastra limos,

pule piedras,

y corta selvas imaginarías.

 

Piden los hombres

tu lengua,

tu cuerpo,

tu vida:

 

Tírate a una hoguera,

florece en la boca

de un cañón.

 

Una punta de cielo

rozará

la casa humana.

 

 

AGRIO ESTÁ EL MUNDO

 

Agrio está el mundo,

inmaduro,

detenido;

sus bosques

florecen puntas de acero;

suben las viejas tumbas

a la superficie;

el agua de los mares

acuna

casas de espanto.

 

Agrio está el sol

sobre el mundo

ahogados en los vahos

que de él ascienden,

inmaduro,

detenido.

 

Agria está la luna

sobre el mundo;

verde,

desteñida;

caza fantasmas

con sus patines

húmedos.

 

Agrio está el viento

sobre el mundo;

alza nubes de insectos muertos,

se ata, roto,

a las torres,

se anuda crespones

de llanto;

pesa sobre los techos.

 

Agrio está el hombre

sobre el mundo,

balanceándose

sobre sus piernas...

 

A sus espaldas,

todo,

desierto de piedras;

a su frente,

todo,

desierto de soles,

ciego...

 

 

ECUACIÓN

 

Mis brazos:

saltan de mis hombros;

mis brazos: alas.

 

No de plumas: acuosos...

Planean sobre las azoteas,

más arriba... entoldan.

Se vierten en lluvias:

aguas de mar,

lágrimas,

sal humana...

 

Mi lengua:

madura...

Ríos floridos

bajan de sus pétalos.

 

Mi corazón:

me abandona.

Circula

por invisibles círculos

elípticos.

 

Masa redonda, pesada,

ígnea...

Roza los valles,

quema los picos,

seca los pantanos...

Sol sumado a otros soles...

(Tierras nuevas

danzan a su alrededor).

 

Mis piernas:

crecen tierra adentro,

se hunden, se fijan;

curvan tentáculos

de prensadas fibras:

robles al viento,

ahora:

balancean mi cuerpo

herido...

 

Mi cabeza: relampaguea.

Los ojos, nomeolvides,

se beben el cielo,

tragan cometas perdidos,

estrellas rotas,

almácigos...

 

Mi cuerpo: estalla.

Cadenas de corazones

le ciñen la cintura.

La serpiente inmortal

se le enrosca al cuello...

 

 

DE MI CIUDAD A TU CIUDAD

 

En la otra margen del Río,

estás...

 

Rozando las cabezuelas

estelares

mi pensamiento,

baba de luna,

de mí a ti,

teje su tela.

 

Tela invisible

que entolda

mi ciudad y tu ciudad

y da sombra

a las cúpulas...

 

Sombra que podría

abrir las piedras

¡en hongos de amor!

 

De mi corazón a tu corazón!

larga y ancha,

la criba, va...

 

Ato las puntas de sus redes

a las puntas de tus cabellos;

atrapo el ovillo

de tus pies;

ando en tus ojos:

mar negro...

 

Desciendo aún:

toco el coral de tus venas.

Ahora reposo

y me afirmo.

 

He aquí que el Río,

araña ponzoñosa ahora,

araña

de agua,

levanta sus patas terrosas

para romperla.

 

Como escarabajos

los buques

se cuelgan de sus hilos,

se balancean;

¡van a destruirla!

 

De mi corazón a tu corazón

la tela invisible

ondea intacta...

 

La luna le hunde su cabezuela:

bosteza...

 

 

REGRESO EN SUEÑOS

 

Boca perdida en el vaivén del tiempo;

detrás de los paisajes escondida;

boca hacia atrás huyente en el espacio;

boca muerta que fuiste boca viva:

 

Torbellinos de rostros te apagaron,

tú, que eras rosa ya palidecida;

bloques de casas, cielos circulantes,

telones fueron a velarte esquiva.

 

Alguna vez la punta de la llama

pintó en el aire la ligera estría

de tu boca atersada a finos verbos:

seda en la seda, flor más florecida.

 

O levanté la mano para asirte

en la nube traslúcida que lucía

acuchillada del cuchillo mismo

que parte en dos la ya palidecida.

 

Y a veces, en el fondo de otra boca,

flor de agua pura aun más verdecida,

hube de hallarte. Mas se abrió tu boca

como la sal al viento en las salinas...

 

Pero anoche, ¿de dónde regresaste?

¿De tumbas de agua? ¿De raíz nutrida

en anchos bosques? ¿De trasmundos malva?

¿Qué cadenas de seres te fue guía?

 

Cortaste los paisajes y los rostros,

los circulantes cielos en huidas,

bloques de casas, hojarasca de horas,

y me hallaste no muerta, que dormida.

 

Pájaro de aire, reposó la boca

sobre la boca mía anochecida.

Mas no era boca. A musgo, macerado

en los soles de Dios, se parecía.

 

 

MAÑANA GRIS

 

Se abren bocas grises

En la plancha

Redonda del mar.

 

Tragan nubes grises

Las bocas

Silenciosas del mar.

 

Dormidos los peces,

en el fondo,

están.

 

Colocados en nichos,

el cuerpo frío horizontal

duermen todos los peces

del mar.

 

Uno, bajo una aleta,

tiene un pequeño

sol invernal.

 

Su luz difusa

asciende

y abre una aurora pálida

en cada boca gris del mar.

 

Pasa el buque

y los peces

no se pueden despertar..

 

Gaviotas trazan signos de acero

sobre la inmensidad.

 

 

CALLE

 

Un callejón abierto

entre altos paredones grises.

A cada momento

la boca oscura de las puertas,

los tubos de los zaguanes,

trampas conductoras

a las catacumbas humanas,

¿No hay un escalofrío

en los zaguanes?

¿Un poco de terror

en la blancura ascendente

de una escalera?

Paso con premura.

Todo ojo que me mira

me multiplica y dispersa.

Un bosque de piernas,

un torbellino de círculos

rodantes,

una nube de gritos y ruidos,

me separan la cabeza del tronco,

las manos de los brazos,

el corazón del pecho,

los pies del cuerpo,

la voluntad de su engarce.

Arriba,

el cielo azul

aquieta su agua transparente:

Ciudades de oro

lo navegan.

 

 

HOMBRES DE LA CIUDAD

 

Arden los bosques del

horizonte;

esquivando llamas,

cruzan, veloces,

los gamos azules

del crepúsculo.

 

Cabritos de oro

emigran hacia

la bóveda

y se recuestan

en los musgos azules.

 

Se alza

debajo,

enorme,

la rosa de cemento,

la ciudad,

inmóvil en su tronco

de sótanos sombríos.

 

Emergen

—cúpulas, torres—

sus negros pistilos

a la espera de polen

lunar.

 

Ahogados

por las llamas de la hoguera,

y perdidos

entre los pétalos

de la rosa,

invisible casi,

de un lado al otro,

los hombres...

 

 

CANCIÓN DE LA MUJER ASTUTA

 

Cada rítmica luna que pasa soy llamada,

por los números graves de Dios, a dar mi vida

en otra vida: mezcla de tinta azul teñida;

la misma extraña mezcla con que ha sido amasada.

 

Y a través de mi carne, miserable y cansada,

filtra un cálido viento de tierra prometida,

y bebe, dulce aroma, mi nariz dilatada

a la selva exultante y a la rama nutrida.

 

Un engañoso canto de sirena me cantas,

¡naturaleza astuta! Me atraes y me encantas

para cargarme luego de alguna humana fruta.

 

Engaño por engaño: mi belleza se esquiva

al llamado solemne; y de esta fiebre viva,

algún amor estéril y de paso, disfruta.

 

 

AFINAMIENTO

 

Mi alma, en su vaso humano incontenida,

Va quemando mi cuerpo a llamaradas

y es un tallo de luz mi carne ardida,

un velo, transparente a las miradas

 

Ya se me puede ver, tras aquel velo,

crecer el corazón, y en sus canales.

no ya rojizos, que color de cielo,

rodar mi sangre a saltos desiguales:

 

Que de un gemido soy la vestidura;

me yergo, rama heroica, hacia la altura,

y zumba en mi pasión toda pasión.

 

Música dulce fluyen mis entrañas,

y si el viento me roza las pestañas

ya muerde carne de mi corazón.

 

 

Mascarilla y trébol (1938)

 

EL CIELO

 

Casas destartaladas las estrellas;

en sus camas, sin sábanas, alumbrando

el ronco animal hembra y los desnudos

sexos al sol picados y rapaces.

 

Y la boca del ser abierta toda

para tragar los mares de la muerte

y las Guerras saltando por los techos

del solar habitado del espacio.

 

¡Ay, qué poeta inmenso abrió el torrente

del engaño, que pudo darme el cielo

—atroz de llanto y de miseria— alzado

 

en un jardín de flores diminutas,

como niños que juegan, con su antorcha,

a no toparse en el azul camino!

 

 

EL SUEÑO

 

Máscara tibia de otra más helada

sobre tu cara cae y si te borra

naces para un paisaje de neblina

en que tus muertos crecen, la flor corre.

 

Allí el mito despliega sus arañas;

y enflora la sospecha; y se deshace

la cólera de ayer y el iris luce;

y alguien que ya no es más besa tu boca;

 

Que un no ser, que es un más ser, doblado,

prendido estás aquí y estás ausente

por praderas de magias y de olvido.

 

¿Qué alentador sagaz, tras el reposo,

creó este renacer de la mañana

que es juventud del día volvedora?

 

 

PÁGINA MUSICAL

 

La vi escrita al tramonto, indescifrable.

Un pentagrama sobre el campo alzado:

y era un millar de pájaros, cubriendo

de negras notas los tirantes hilos.

 

Se agrupaban en llaves y en acordes

en el papiro rosa de la tarde;

(y a un golpe de batuta abandonaban

la partitura locos de alegría.

 

... Un ligero temblor del pentagrama

enmudecido al pronto en la llanura

con una sola nota perdurante...

 

Y era el volver de negras y corcheas

al aletazo oscuro de la noche

que reajustaba la borrada plana.

 

 

UNA LÁGRIMA

 

No mía, que madrastra fue de Edipo

Y Hércules lo forjó sobre su pira;

porque mis ojos. cráteres antiguos,

por otros ojos conocieron lava.

 

No mía, que en mi mano la descubro

de los trasmundos áridos caída:

luna de agosto flácida y musgosa;

emparedado a cal, sol de febrero.

 

Ya el cobijo traspásame su brasa

pero no lloro llantos a llorado

que copia el mundo y centuplica su iris.

 

Y orbes lacustres, tálamos de oro,

lianas de acero fúlgidas a estrellas

en bosque azul levanta de cristales.

 

 

Poemas no incluidos en libros
(1934-38)

 

CABEZA Y MAR

 

Sobre la playa,

obscuro punto,

una cabeza.

Yacente.

 

Dos alas de gaviota

cubrirían

el triste cráneo

en la tenaza

apretada

del cielo.

 

De la cabeza

telas de araña

nacen y expandidas

entre sus hilos

invisibles cazan

a las voces

entrañables del mar;

y bajan vidas

del alto vidrio;

y bosques alejados

atrapan

que detrás del mar

ondulan.

 

Poleas impalpables

la cabeza

en sus espacios

interiores mueve

y no hay sombra ni luz

que el mar refleje

que no esté dentro

atada a la más fina

de sus ruedas

numéricas.

 

Ahora la cabeza

erguida mira

las grandes pampas

de agua

que amenazan

arrojarse sobre ella

y arrasarla;

mas sólo mueren

en la playa

fría,

desmigajadas.

Los focos de sus ojos

entrecruzan

chispas de azul

con el marino empeño

y el ojo

corta el mar

y lo atraviesa

de una estocada

larga

que da sangre

de algas

eternas.

 

TRÓPICO

 

Lápida blanca

el cielo quemante

cae sobre la tierra

reseca.

 

Arden los bosques

en rojos anillos

y las cortinas de humo

tragan paisajes

y secan pueblos.

 

Detenidas en sus cauces

acuñan

las aguas,

su opaca superficie.

 

Demonios,

las alas ardidas,

atraviesan los campos

en zarabanda.

 

Por el terraplén

calizo

la baza del tren

cruzachirriante.

 

Arrastrada

por el infierno blanco

mi planta ovárica,

restituida,

va a echar ya,

raíces de selvas,

no de hombres.

 

Y de mi pecho

no el zumo lácteo

ha de brotar:

la piedra aguda

de las montañas.

 

 

 

PARTIDA

 

Un camino

hasta el confín

altas puertas de oro

lo cierran;

galerías profundas;

arcadas.

 

El aire no tiene peso;

las puertas se balancean

en el vacío;

se deshacen en polvo de oro;

se juntan; se separan;

bajan a las tumbas

de algas;

suben cargadas de corales.

 

Rondas,

hay rondas de columnas;

las puertas se esconden

detrás de los parapetos azules;

el agua brota en campos de nomeolvides;

echa desiertos de cristales morados;

incuba grandes gusanos esmeralda;

se trenza los brazos innumerables.

 

Lluvia de alas,

ahora;

ángeles rosados

se clavan como flechas

en el mar.

Podría caminar sobre ellos

sin hundirme.

 

Una senda de cifras

para mis pies:

Columnas de número

para cada paso,

submarinas.

 

Me llevan:

enredaderas invisibles

alargan sus garfios

desde el horizonte:

Mi cuello cruje.

Ya camino.

El agua no cede.

Mis hombros se abren en alas:

Toco con sus extremos

los extremos del cielo.

Lo hiero:

La sangre del cielo

bañando el mar...

Amapolas, amapolas,

no hay más que amapolas...

 

Me aligero:

la carne cae de mis huesos,

Ahora.

El mar sube por el canal

de mis vértebras.

Ahora.

El cielo rueda por el lecho

de mis venas.

Ahora.

¡El sol! ¡El sol¡

Sus últimos hilos

me envuelven,

me impulsan.

Soy un huso:

¡Giro, giro, giro, giro!

 

 

VOY ADORMIR

 

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos encardados.

 

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera;

una constelación; la que te guste;

todas son buenas; bájala un poquito.

 

Déjame sola: oyes romper los brotes...

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

 

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido...

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