Selection of the later poems of Alfonsina Storni
Ocre (1925)
PALABRAS A MI MADRE
No las grandes verdades yo te pregunto, que,
No las contestarás; solamente investigo
Si, cuando me gestaste, fue la luna testigo,
Por los oscuros patios en flor, paseándose.
Y si, cuando en tu seno de fervores latinos,
Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro
Te adormeció las noches, y miraste, en el oro
Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.
Porque mi alma es toda fantástica, viajera,
Y la envuelve una nube de locura ligera
Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.
Y gusta, si el mar abre sus fuertes pebeteros,
Arrullada en un claro cantar de marineros
Mirar las grandes aves que pasan sin destino.
LA VÍA LÁCTEA
Blanco polen de mundos, dulce leche del cielo,
¡Quién fuera una gigante mariposa divina
Para hundir la cabeza en aquella tu harina
Impalpable y libarte como a cosa del suelo!
Ya de nuevo en los ojos quema la primavera,
Mas mi pasión humana yace, roto el peciolo,
Y agotada mi alma está el mundo tan sólo
Que camino y retumban mis pasos en la esfera.
Y en las noches nevadas, cuando a pesar de quietos
Siento moverse arriba los blancos esqueletos
De las estrellas muertas, me acomete como uno
Deseo de los cielos, y no sé qué ofreciera
Porque sobre mi frente miserable cayera
Una gota tan sólo de la leche de Juno.
ODIO
Conozco tu secreto, cuerpo mío: tuviste
Una imagen latente en tu rojo ramaje:
Detrás de las pupilas, entre la carne triste,
La imagen realizaba su callado tatuaje:
Te penetró en el pecho con tan viva agudeza,
Que el corazón de cera, celoso de llevarla,
Para mejor ceñirla, para mejor guardarla,
Llegó a tomar la forma de la amada cabeza.
Si ya el amor es odio, y vergüenza, y despecho,
A riesgo de morirte, la arrancarás del pecho
Como Sansón, un día, volteara los pilares.
Y si quedaran rastros de sus dos ojos bellos
Te vaciarás los vasos sanguíneos y por ellos
Harás correr el agua salada de los mares.
ENCUENTRO
Lo encontré en una esquina de la calle Florida
Más pálido que nunca, distraído como antes,
Dos largos años hubo poseído mi vida...
Lo miré sin sorpresa, jugando con mis guantes.
Y una pregunta mía, estúpida, ligera,
De un reproche tranquilo llenó sus transparentes
Ojos, ya que le dije de liviana manera:
—¿Por qué tienes ahora amarillos los dientes?
Me abandonó. De prisa le vi cruzar la calle
Y con su manga oscura rozar el blanco talle
De alguna vagabunda que andaba por la vía.
Perseguí por un rato su sombrero que huía...
Después fue, ya lejana, una mancha de herrumbre.
Y lo engulló de nuevo la espesa muchedumbre.
UNA VEZ MAS
Es una boca más la que he besado.
¿Qué hallé en el fondo de tan dulce boca?
¿Que nada hay nuevo bajo el sol y es poca
La miel de un beso para haberlo dado?
Heme otra vez aquí, pomo vaciado.
Bajo este sol que mis espaldas toca
A la cordura, vanamente, invoca
Mi triste corazón desorbitado.
¿Una vez más?... Mi carne se estremece
Y un gran terror entre mis venas crece,
Pues alguien da mi nombre a los caminos
Y es su voz de hombre, cálida y temida.
Ay, quiero estarme quieta y soy movida
Hacia la sombra verde de los pinos.
INÚTIL SOY
Por seguir de las cosas el compás,
A veces quise, en este siglo activo,
Pensar, luchar, vivir con lo que vivo,
Ser en el mundo algún tornillo más.
Pero, atada al ensueño seductor,
De mi instinto volvía al oscuro pozo,
Pues, como algún insecto perezoso
Y voraz, yo nací para el amor.
Inútil soy, pesada, torpe, lenta,
Mi cuerpo, al sol, tendido, se alimenta
Y sólo vivo bien en el verano,
Cuando la selva huele y la enroscada
Serpiente duerme en tierra calcinada;
Y la fruta se baja hasta mi mano.
FEMENINA
Baudelaire: yo me acuerdo de tus Flores del mal
En que hablas de una horrible y perversa judía
Acaso como el cuerpo de las serpientes fría,
En lágrimas indocta, y en el daño genial.
Pero a su lado no eras tan pobre, Baudelaire:
De sus formas vendidas, y de su cabellera
Y de sus ondulantes caricias de pantera,
Hombre al cabo, lograbas un poco de placer.
Pero yo, femenina, Baudelaire, ¿qué me hago
De este hombre calmo y prieto como un gélido lago,
Oscuro de ambiciones y ebrio de vanidad,
En cuyo enjuto pecho salino no han podido
Ni mi cálido aliento, ni mi beso rendido,
Hacer brotar un poco de generosidad?
¿DE QUÉ ME QUEJO?
¿De qué me quejo? Es cierto que me bajé hasta el fondo
Del alma del que amaba, y lleno de sí mismo
Lo hallé, y al viento helado de su helado egoísmo
Dudé que el globo fuera, como dicen, redondo.
¿De qué me quejo? ¿Acaso porque el cuerpo, en su daño,
Afiebrado se arrastra en zig-zag por el suelo,
Y el monstruo pecho hinchado le impide alzar el vuelo,
Pues dentro el pulpo negro, crece, del desengaño?
¿De qué me quejo? ¡Gracias! Mantengo todavía
Vértebra sobre vértebra. Hacia la melodía
Mi fina red nerviosa, aun puede, con anhelo,
Tenderse, oír los dulces, inefables, sonidos,
En mis cuencas aún giran los ojos, sostenidos,
Y aunque pesados se alzan hacia tu luz, ¡oh cielo!
UNA VOZ
Voz escuchada a mis espaldas,
En algún viaje a las afueras,
Mientras caía de mis faldas
El diario abierto, ¿de quién eras?
Sonabas cálida y segura
Como de alguno que domina
Del hombre oscuro el alma oscura,
La clara carne femenina.
No me di vuelta a ver el hombre
En el deseo que me fuera
Su rostro anónimo, y pudiera
Su voz, ser música sin nombre.
¡Oh simpatía de la vida!
¡Oh comunión que me ha valido,
Por el encanto de un sonido
Ser, sin quererlo, poseída!
PALABRAS DE LA VIRGEN MODERNA
Dame tu cuerpo bello, joven de sangre pura,
No moderno en el arte de amar, como en la hora
Que fue clara la entrega, en mi boca demora
Tu boca, de otra boca negada a la dulzura.
Si tu sabiduría no me obliga a malicia,
Ni tu mente cristiana me despierta rubores.
Ni huellas de hetaíras enturbian tus amores
En mi franqueza blanca todo será delicia.
Y así como a la Eva, cuando, cándida y fiera,
Las verdades supremas le fueron reveladas,
Me quedará en las manos, a tu forma entregadas,
La embriagante dulzura de la fruta primera.
NATURALEZA MÍA
Naturaleza mía, la que fuera
Como pesada abeja en primavera,
Ociosa y hecha para siestas de oro,
Voraz, aletargable, mudadera.
Bajo las tardes cálidas, dormida
De amor, ya el nuevo amor te daba brida,
Y tú arrastrabas un pesado cuerpo,
Pesado por el zumo de la vida.
¿Qué hice de ti? Para enfrentar tus males
Sobre tus formas apreté sayales,
Y en flagelarte puse empeño tanto
Que hoy filosofas junto a los rosales.
Disminuida, atáxica, robada,
En tu pura pureza violada,
Miras te baten palmas los sensatos
Con tu ya blanca y última mirada.
Mundo de siete pozos (1934)
PALABRAS DEGOLLADAS
Palabras degolladas,
caídas de mis labios
sin nacer;
estranguladas vírgenes
sin sol posible;
pesadas de deseos,
henchidas...
Deformadoras de mi boca
en el impulso de asomar
y el pozo del vacío
al caer...
Desnatadoras de mi miel celeste,
apretada en vosotras
en coronas floridas.
Desangrada en vosotras
—no nacidas—
redes del más aquí y el más allá,
medias lunas,
peces descamados,
pájaros sin alas,
serpientes desvertebradas...
No perdones,
corazón.
EL CAZADOR DE PAISAJES
Levantado
sobre tus dos piernas,
como la torre
en la llanura,
tu cabeza perfecta
cazaba paisajes.
Ya el sol,
último pez del horizonte.
Ya las colinas,
pequeños senos
cubiertos de vello
dorado.
Ya las balumbas
de nubes
heroicas,
ocultadoras
de las trompetas
del trueno.
Sobre la máquina
voladora, ,
o rodante,
o la torre
de tu cuerpo,
trasponías horizontes
absorbiendo
racimos
de formas
y colores.
Adherida a tu velocidad,
como la hoja
a la rueda,
lancé tímidas flechas
a tus paisajes soberbios.
Y sólo
pequeños
rincones de formas
recogió mi corazón
adormecido.
VOZ
Te ataré
a los puños
como una llama,
dolor de servir
a cosas estultas.
Echaré a correr
con los puños en alto
por entre las casas
de los hombres.
Hemos dormido, todos,
demasiado.
Dormido
a plena luz
como las estrellas
a pleno día.
Dormido
con las lámparas
a medio encender;
enfriados
en el ardimiento solar;
contando el número
de vuestros cabellos,
viendo crecer
nuestras veinte
uñas.
¿Cuándo
los jardines del cielo
echarán raíces
en la carne de los hombres,
en la vida de los hombres,
en la casa de los hombres?
No hay que dormir,
hasta entonces.
Abiertos los párpados;
separados con los dedos,
si quieren ceder,
hasta enrojecerlos
por el cansancio,
como los círculos
lunares,
cuando la tormenta
quiere
desmembrar
el universo.
CONTRA VOZ
Entierra la pluma
antes de atarte a los puños
como una llama
el dolor de servir
a cosas estultas.
Por su punta,
como por los canales
que desagotan el río,
tu agua se desparrama
y muere en el llano.
La palabra arrastra limos,
pule piedras,
y corta selvas imaginarías.
Piden los hombres
tu lengua,
tu cuerpo,
tu vida:
Tírate a una hoguera,
florece en la boca
de un cañón.
Una punta de cielo
rozará
la casa humana.
AGRIO ESTÁ EL MUNDO
Agrio está el mundo,
inmaduro,
detenido;
sus bosques
florecen puntas de acero;
suben las viejas tumbas
a la superficie;
el agua de los mares
acuna
casas de espanto.
Agrio está el sol
sobre el mundo
ahogados en los vahos
que de él ascienden,
inmaduro,
detenido.
Agria está la luna
sobre el mundo;
verde,
desteñida;
caza fantasmas
con sus patines
húmedos.
Agrio está el viento
sobre el mundo;
alza nubes de insectos muertos,
se ata, roto,
a las torres,
se anuda crespones
de llanto;
pesa sobre los techos.
Agrio está el hombre
sobre el mundo,
balanceándose
sobre sus piernas...
A sus espaldas,
todo,
desierto de piedras;
a su frente,
todo,
desierto de soles,
ciego...
ECUACIÓN
Mis brazos:
saltan de mis hombros;
mis brazos: alas.
No de plumas: acuosos...
Planean sobre las azoteas,
más arriba... entoldan.
Se vierten en lluvias:
aguas de mar,
lágrimas,
sal humana...
Mi lengua:
madura...
Ríos floridos
bajan de sus pétalos.
Mi corazón:
me abandona.
Circula
por invisibles círculos
elípticos.
Masa redonda, pesada,
ígnea...
Roza los valles,
quema los picos,
seca los pantanos...
Sol sumado a otros soles...
(Tierras nuevas
danzan a su alrededor).
Mis piernas:
crecen tierra adentro,
se hunden, se fijan;
curvan tentáculos
de prensadas fibras:
robles al viento,
ahora:
balancean mi cuerpo
herido...
Mi cabeza: relampaguea.
Los ojos, nomeolvides,
se beben el cielo,
tragan cometas perdidos,
estrellas rotas,
almácigos...
Mi cuerpo: estalla.
Cadenas de corazones
le ciñen la cintura.
La serpiente inmortal
se le enrosca al cuello...
DE MI CIUDAD A TU CIUDAD
En la otra margen del Río,
estás...
Rozando las cabezuelas
estelares
mi pensamiento,
baba de luna,
de mí a ti,
teje su tela.
Tela invisible
que entolda
mi ciudad y tu ciudad
y da sombra
a las cúpulas...
Sombra que podría
abrir las piedras
¡en hongos de amor!
De mi corazón a tu corazón!
larga y ancha,
la criba, va...
Ato las puntas de sus redes
a las puntas de tus cabellos;
atrapo el ovillo
de tus pies;
ando en tus ojos:
mar negro...
Desciendo aún:
toco el coral de tus venas.
Ahora reposo
y me afirmo.
He aquí que el Río,
araña ponzoñosa ahora,
araña
de agua,
levanta sus patas terrosas
para romperla.
Como escarabajos
los buques
se cuelgan de sus hilos,
se balancean;
¡van a destruirla!
De mi corazón a tu corazón
la tela invisible
ondea intacta...
La luna le hunde su cabezuela:
bosteza...
REGRESO EN SUEÑOS
Boca perdida en el vaivén del tiempo;
detrás de los paisajes escondida;
boca hacia atrás huyente en el espacio;
boca muerta que fuiste boca viva:
Torbellinos de rostros te apagaron,
tú, que eras rosa ya palidecida;
bloques de casas, cielos circulantes,
telones fueron a velarte esquiva.
Alguna vez la punta de la llama
pintó en el aire la ligera estría
de tu boca atersada a finos verbos:
seda en la seda, flor más florecida.
O levanté la mano para asirte
en la nube traslúcida que lucía
acuchillada del cuchillo mismo
que parte en dos la ya palidecida.
Y a veces, en el fondo de otra boca,
flor de agua pura aun más verdecida,
hube de hallarte. Mas se abrió tu boca
como la sal al viento en las salinas...
Pero anoche, ¿de dónde regresaste?
¿De tumbas de agua? ¿De raíz nutrida
en anchos bosques? ¿De trasmundos malva?
¿Qué cadenas de seres te fue guía?
Cortaste los paisajes y los rostros,
los circulantes cielos en huidas,
bloques de casas, hojarasca de horas,
y me hallaste no muerta, que dormida.
Pájaro de aire, reposó la boca
sobre la boca mía anochecida.
Mas no era boca. A musgo, macerado
en los soles de Dios, se parecía.
MAÑANA GRIS
Se abren bocas grises
En la plancha
Redonda del mar.
Tragan nubes grises
Las bocas
Silenciosas del mar.
Dormidos los peces,
en el fondo,
están.
Colocados en nichos,
el cuerpo frío horizontal
duermen todos los peces
del mar.
Uno, bajo una aleta,
tiene un pequeño
sol invernal.
Su luz difusa
asciende
y abre una aurora pálida
en cada boca gris del mar.
Pasa el buque
y los peces
no se pueden despertar..
Gaviotas trazan signos de acero
sobre la inmensidad.
CALLE
Un callejón abierto
entre altos paredones grises.
A cada momento
la boca oscura de las puertas,
los tubos de los zaguanes,
trampas conductoras
a las catacumbas humanas,
¿No hay un escalofrío
en los zaguanes?
¿Un poco de terror
en la blancura ascendente
de una escalera?
Paso con premura.
Todo ojo que me mira
me multiplica y dispersa.
Un bosque de piernas,
un torbellino de círculos
rodantes,
una nube de gritos y ruidos,
me separan la cabeza del tronco,
las manos de los brazos,
el corazón del pecho,
los pies del cuerpo,
la voluntad de su engarce.
Arriba,
el cielo azul
aquieta su agua transparente:
Ciudades de oro
lo navegan.
HOMBRES DE LA CIUDAD
Arden los bosques del
horizonte;
esquivando llamas,
cruzan, veloces,
los gamos azules
del crepúsculo.
Cabritos de oro
emigran hacia
la bóveda
y se recuestan
en los musgos azules.
Se alza
debajo,
enorme,
la rosa de cemento,
la ciudad,
inmóvil en su tronco
de sótanos sombríos.
Emergen
—cúpulas, torres—
sus negros pistilos
a la espera de polen
lunar.
Ahogados
por las llamas de la hoguera,
y perdidos
entre los pétalos
de la rosa,
invisible casi,
de un lado al otro,
los hombres...
CANCIÓN DE LA MUJER ASTUTA
Cada rítmica luna que pasa soy llamada,
por los números graves de Dios, a dar mi vida
en otra vida: mezcla de tinta azul teñida;
la misma extraña mezcla con que ha sido amasada.
Y a través de mi carne, miserable y cansada,
filtra un cálido viento de tierra prometida,
y bebe, dulce aroma, mi nariz dilatada
a la selva exultante y a la rama nutrida.
Un engañoso canto de sirena me cantas,
¡naturaleza astuta! Me atraes y me encantas
para cargarme luego de alguna humana fruta.
Engaño por engaño: mi belleza se esquiva
al llamado solemne; y de esta fiebre viva,
algún amor estéril y de paso, disfruta.
AFINAMIENTO
Mi alma, en su vaso humano incontenida,
Va quemando mi cuerpo a llamaradas
y es un tallo de luz mi carne ardida,
un velo, transparente a las miradas
Ya se me puede ver, tras aquel velo,
crecer el corazón, y en sus canales.
no ya rojizos, que color de cielo,
rodar mi sangre a saltos desiguales:
Que de un gemido soy la vestidura;
me yergo, rama heroica, hacia la altura,
y zumba en mi pasión toda pasión.
Música dulce fluyen mis entrañas,
y si el viento me roza las pestañas
ya muerde carne de mi corazón.
Mascarilla y trébol (1938)
EL CIELO
Casas destartaladas las estrellas;
en sus camas, sin sábanas, alumbrando
el ronco animal hembra y los desnudos
sexos al sol picados y rapaces.
Y la boca del ser abierta toda
para tragar los mares de la muerte
y las Guerras saltando por los techos
del solar habitado del espacio.
¡Ay, qué poeta inmenso abrió el torrente
del engaño, que pudo darme el cielo
—atroz de llanto y de miseria— alzado
en un jardín de flores diminutas,
como niños que juegan, con su antorcha,
a no toparse en el azul camino!
EL SUEÑO
Máscara tibia de otra más helada
sobre tu cara cae y si te borra
naces para un paisaje de neblina
en que tus muertos crecen, la flor corre.
Allí el mito despliega sus arañas;
y enflora la sospecha; y se deshace
la cólera de ayer y el iris luce;
y alguien que ya no es más besa tu boca;
Que un no ser, que es un más ser, doblado,
prendido estás aquí y estás ausente
por praderas de magias y de olvido.
¿Qué alentador sagaz, tras el reposo,
creó este renacer de la mañana
que es juventud del día volvedora?
PÁGINA MUSICAL
La vi escrita al tramonto, indescifrable.
Un pentagrama sobre el campo alzado:
y era un millar de pájaros, cubriendo
de negras notas los tirantes hilos.
Se agrupaban en llaves y en acordes
en el papiro rosa de la tarde;
(y a un golpe de batuta abandonaban
la partitura locos de alegría.
... Un ligero temblor del pentagrama
enmudecido al pronto en la llanura
con una sola nota perdurante...
Y era el volver de negras y corcheas
al aletazo oscuro de la noche
que reajustaba la borrada plana.
UNA LÁGRIMA
No mía, que madrastra fue de Edipo
Y Hércules lo forjó sobre su pira;
porque mis ojos. cráteres antiguos,
por otros ojos conocieron lava.
No mía, que en mi mano la descubro
de los trasmundos áridos caída:
luna de agosto flácida y musgosa;
emparedado a cal, sol de febrero.
Ya el cobijo traspásame su brasa
pero no lloro llantos a llorado
que copia el mundo y centuplica su iris.
Y orbes lacustres, tálamos de oro,
lianas de acero fúlgidas a estrellas
en bosque azul levanta de cristales.
Poemas no incluidos en libros
(1934-38)
CABEZA Y MAR
Sobre la playa,
obscuro punto,
una cabeza.
Yacente.
Dos alas de gaviota
cubrirían
el triste cráneo
en la tenaza
apretada
del cielo.
De la cabeza
telas de araña
nacen y expandidas
entre sus hilos
invisibles cazan
a las voces
entrañables del mar;
y bajan vidas
del alto vidrio;
y bosques alejados
atrapan
que detrás del mar
ondulan.
Poleas impalpables
la cabeza
en sus espacios
interiores mueve
y no hay sombra ni luz
que el mar refleje
que no esté dentro
atada a la más fina
de sus ruedas
numéricas.
Ahora la cabeza
erguida mira
las grandes pampas
de agua
que amenazan
arrojarse sobre ella
y arrasarla;
mas sólo mueren
en la playa
fría,
desmigajadas.
Los focos de sus ojos
entrecruzan
chispas de azul
con el marino empeño
y el ojo
corta el mar
y lo atraviesa
de una estocada
larga
que da sangre
de algas
eternas.
TRÓPICO
Lápida blanca
el cielo quemante
cae sobre la tierra
reseca.
Arden los bosques
en rojos anillos
y las cortinas de humo
tragan paisajes
y secan pueblos.
Detenidas en sus cauces
acuñan
las aguas,
su opaca superficie.
Demonios,
las alas ardidas,
atraviesan los campos
en zarabanda.
Por el terraplén
calizo
la baza del tren
cruzachirriante.
Arrastrada
por el infierno blanco
mi planta ovárica,
restituida,
va a echar ya,
raíces de selvas,
no de hombres.
Y de mi pecho
no el zumo lácteo
ha de brotar:
la piedra aguda
de las montañas.
PARTIDA
Un camino
hasta el confín
altas puertas de oro
lo cierran;
galerías profundas;
arcadas.
El aire no tiene peso;
las puertas se balancean
en el vacío;
se deshacen en polvo de oro;
se juntan; se separan;
bajan a las tumbas
de algas;
suben cargadas de corales.
Rondas,
hay rondas de columnas;
las puertas se esconden
detrás de los parapetos azules;
el agua brota en campos de nomeolvides;
echa desiertos de cristales morados;
incuba grandes gusanos esmeralda;
se trenza los brazos innumerables.
Lluvia de alas,
ahora;
ángeles rosados
se clavan como flechas
en el mar.
Podría caminar sobre ellos
sin hundirme.
Una senda de cifras
para mis pies:
Columnas de número
para cada paso,
submarinas.
Me llevan:
enredaderas invisibles
alargan sus garfios
desde el horizonte:
Mi cuello cruje.
Ya camino.
El agua no cede.
Mis hombros se abren en alas:
Toco con sus extremos
los extremos del cielo.
Lo hiero:
La sangre del cielo
bañando el mar...
Amapolas, amapolas,
no hay más que amapolas...
Me aligero:
la carne cae de mis huesos,
Ahora.
El mar sube por el canal
de mis vértebras.
Ahora.
El cielo rueda por el lecho
de mis venas.
Ahora.
¡El sol! ¡El sol¡
Sus últimos hilos
me envuelven,
me impulsan.
Soy un huso:
¡Giro, giro, giro, giro!
VOY ADORMIR
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos encardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...