Hacía muy grande calor, y habiendo salido muy de mañana para hacer mediodía en la venta de Darazután, fue tan excesivo el fuego que entró con el día, que me quedara mil veces si hallara lugar aparejado para ello. Vi la venta desde lejos, y me parecía que, al mismo paso que yo llevaba, ella se alejaba de mis ojos y la sed se me aumentaba en la boca: no creí que pudiera llegar a ella hasta que oí música de guitarras y voces que salían de la misma venta. "Ahora -dije- no me puedo engañar"; y entrando, hallé mucha gente que iba y venía haciendo mediodía. Alentéme con ver una tinaja de agua de que siempre he sido muy apasionado; refresquéme y púseme a oír la música, que, siendo ella de suyo manjar tan sabroso para el oído, es de creer que en aquella soledad llena de matas y apartada de poblado, parecería mucho mejor su melodía que en los palacios reales, donde hay otras cosas que entretienen. Como el calor estaba en su punto y la venta muy llena de gente, fue menester la suspensión que la música pone para poder llevar la siesta con algún descanso; que esta facultad no solamente alienta el sentido exterior, pero aun las pasiones del alma mitiga y suspende; y es tan señora que no a todos se da, por grandes ingenios que tengan, sino a aquéllos a quien naturaleza cría con inclinación aplicada para ello; pero los que nacen con ella, son aptos para todas las demás sciencias, y así habían de enseñar a los niños esta facultad primero que otra, por dos razones: la una, porque descubran el talento que tienen; la otra, por ocupallos en cosa tan virtuosa, que arrebata todas las acciones de los niños con su dulzura.

 

VICENTE ESPINEL