La señorita Medina se de su butaca, de súbito, y a dar inquietos paseos la sala, afirmando nerviosamente que ella prefería recordar Nieves en sus momentos más luminosos y entusiastas, y que el hecho de su muerte, su suicidio, aún la atormentaba recordarlo, por eso trataba de ocultárselo a sí , de esconderlo en los últimos rincones de su memoria. Ahora, ya en su vejez, deseaba conocer una vida sin sufrimientos, existir más alejada posible del dolor, intentarlo menos. Aún no podía recordar, oír, comentarios acerca del suicidio de Nieves, forma serena, curada por el paso de tanto tiempo, a de que se hallaba más cerca de ella de que nadie podría imaginar. Sus pasos agitados y parecían exigir más espacio, pues vueltas y vueltas por aquella reducida sala. Le propuse entonces que a pasear por la calle. Ya declinaba la del día, pero aún podríamos dirigirnos en mi coche al parque de María Luisa y por sus veredas. Me que la señorita Medina, al nombrar ese parque, se detuviera, repente, para decir con cierto horror que allí no nunca.